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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1846

En la capital.

Tras aterrizar el avión, Lourdes recogió su extravagante Ferrari rojo y le lanzó las llaves a Darío.

Se acomodó en el asiento del copiloto, cerró los ojos para descansar y ordenó con tono altivo: —Chofer Darío, conduzca con cuidado.

—Por supuesto, señorita. —El chofer curvó los labios; la verdad, le encantaba que le diera órdenes.

¿Por qué sonreía tan alegremente?

Normalmente, Darío no era de los que sonreían.

Lourdes lo miró de reojo, murmurando para sus adentros.

¿Acaso Darío disfrutaba que lo tratara mal?

***

Al llegar al hotel.

Habían pasado dos horas.

Héctor estaba de pie en la entrada, luciendo radiante, y le hizo señas: —Ya llegó la jefa Yáñez.

—Tsk.

Lourdes lo miró con desdén. Aunque no le hacía gracia que se llevaran a su excepcional hermana.

Pero no podía negar que ya era un hecho consumado.

—¿Y mi hermana Gilda? —Lourdes abrió la puerta y se bajó del coche.

Darío, como si nada, tomó el bolso de ella y se ubicó a sus espaldas.

Un auténtico «guardián protector» a plena vista.

—En el baño —respondió Héctor. Inevitablemente, sus ojos se posaron en Darío y lo observó de arriba a abajo—. No me digas que este es el chico mantenido de la jefa Yáñez.

...

Lourdes se atragantó, y justo cuando iba a explicarlo...

Darío habló de repente: —Así es.

Lourdes: «...»

¿Acaso «chico mantenido» era un cumplido?

Y el tipo hasta se sentía orgulloso de ello.

—Un placer. —Héctor dio un paso al frente para estrecharle la mano y volvió a examinarlo con detenimiento.

Buena estatura.

Buen porte.

Y a simple vista, tenía una figura envidiable.

Había que admitirlo, la jefa Yáñez tenía un ojo impecable.

—El placer es mío.

Darío asintió levemente y en su rostro habitualmente impasible apareció una suave sonrisa.

Lourdes se sorprendió un poco.

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