...
Lourdes observó a Darío y esbozó una ligera sonrisa: —¿Recuerdas lo que te dije el primer día que te acepté a mi lado?
—¡Sé obediente! —Darío tragó saliva y respondió con voz ronca.
—Exacto.
Lourdes le dio un par de palmaditas en la mejilla, sonriendo perezosamente: —Si no quieres que me enoje, entonces más vale que nunca vuelvas a decir algo así.
—Entendido.
Darío no se atrevió a contradecirla. Se inclinó y la cargó en sus brazos.
—¡Puedo caminar sola! —le recordó Lourdes en un murmullo, aferrándose a su cuello.
—No te preocupes. —Darío la apretó contra él y dijo con dulzura—: Falta mucho para llegar. Te llevaré yo.
¿Faltaba mucho?
Su cuarto estaba en el último piso del mismo hotel; solo tenían que salir, girar a la izquierda y tomar el elevador.
—Como quieras.
Lourdes tampoco tenía ganas de caminar, así que se dejó cargar.
De camino a su cuarto.
Lourdes, que apenas podía mantener los ojos abiertos por el cansancio, le dictó sus instrucciones para el día siguiente.
A qué hora debía despertarla, qué quería para desayunar, qué zapatos irían con su atuendo...
—De acuerdo.
Darío escuchó en silencio, grabando cada una de sus palabras en su mente.
Al llegar a la habitación.
Darío depositó suavemente a Lourdes en la cama.
—Mmh~
Lourdes, medio dormida, se negaba a soltarle el cuello.
—¿Qué pasa, mi niña? —Darío le acomodó el cabello, con una voz que desbordaba ternura.
—Ri...
Lourdes tenía la cabeza inclinada, con los labios ligeramente entreabiertos, y mostraba una mueca de dolor.
—¿Qué?
—Aris. —Lourdes se acurrucó contra su pecho, y las lágrimas se acumularon en sus ojos—. Te extraño. Te extraño mucho.
Aris...
Darío se quedó congelado al instante. Había perdido la cuenta de las veces que le había escuchado decir ese nombre.
Él lo había investigado en secreto.
Ese Aris del que Lourdes tanto hablaba, se llamaba Aris Guzmán.
Había sido huérfano en una casa hogar de Bravaria, y el amor de infancia con el que Lourdes se crio.
Por supuesto que no había dicho eso.
Las verdaderas palabras de Don Octavio fueron: «¿En qué infierno se metió Darío? ¿Acaso ya no le importa su padre ni su familia?».
Don Octavio creía que Darío era un adicto al trabajo, incapaz de tomarse un descanso.
No se imaginaba que, en secreto, el gran Mandatario se rebajaba con muchísimo gusto a ser el fiel perrito faldero de la hermosa dueña de un casino.
Si el Viejo se enterara, seguramente vomitaría sangre del coraje.
Pero así era el carácter de Darío Alzamora.
Hacía las cosas a su manera, completamente libre de ataduras.
Y.
Era terco como una mula.
Cuando se decidía por algo o por alguien, nadie podía hacerlo cambiar de opinión.
El rumor decía que su hermano de sangre compitió contra él por el puesto de Mandatario de Bravaria.
A pesar del descarado favoritismo de su padre, Darío se impuso por sí solo, volteando las probabilidades a su favor.
El hermano mayor fracasó y fue exiliado del continente.
Algunos sospechaban que, en realidad, era el mismo Darío quien lo mantenía en cautiverio en el extranjero.
Si había sido así de cruel con su propia sangre, con los demás no tendría la más mínima piedad.
—El Viejo me pidió que le recordara que el próximo fin de semana es el cumpleaños de Don Octavio. Y solicitó su asistencia obligatoria.

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