—¿Cuándo regresas? —preguntó Lourdes en voz baja, revolviendo su desayuno.
—En una semana más o menos.
Darío estaba sentado frente a ella, untándole mermelada en el pan y pelándole un huevo cocido.
Según las reglas de la familia Alzamora, la gran fiesta de cumpleaños de su padre duraría al menos tres días. Y como Don Belisario no estaba bien de salud, tendría que acompañarlo a sus revisiones médicas. Por más que intentara acortar los tiempos, le tomaría mínimo una semana.
¿Una semana?
Lourdes apretó los labios. Exceptuando aquellos tres meses en que fue enviado por la fuerza a África...
No, un momento. Habían sido tres meses, pero él se había escapado y regresado antes de cumplir el mes.
Fuera de eso, en tres años, Darío jamás se había alejado de ella por más de doce horas.
Y ahora pedía una semana libre por iniciativa propia. ¿Acaso había acordado salir de viaje con esa misteriosa chica?
—Me parece bien.
Lourdes soltó la cuchara, hizo a un lado el plato y se acostó de nuevo en la cama dándole la espalda.
—Si ya terminaste de hablar, vete y no me interrumpas el sueño.
¿Se había enojado?
¿Era por haberle pedido días libres, por lo que pasó anoche, o por la pastilla de esa mañana? ¡Tal vez por todo a la vez!
Darío lo pensó unos segundos y decidió explicarle:
—Después de tomar ese medicamento, tienes que tomar mucha agua.
Aunque se decía que los efectos secundarios eran mínimos, el simple hecho de que existieran demostraba que algo alteraban en el cuerpo.
—Te prometo que esta es la primera y será la última vez.
No permitiría que ella volviera a tomar ese tipo de cosas jamás.
Lourdes sintió un nudo en la garganta y no le contestó.
En el fondo sabía que la culpa no era de él. Ante la situación de la noche anterior, Darío aún conservaba su cordura y había intentado contenerse. Había sido ella quien hizo el movimiento equivocado, desencadenando que todo se saliera de control. Como sea, ya se había tomado la pastilla, no debería haber sorpresas.
—Volveré pronto.
Darío dejó los tacones en el suelo y se quedó mirándole la espalda por un buen rato. Al ver que ella no decía nada más, no tuvo más remedio que marcharse.
En cuanto se escuchó el clic de la puerta cerrándose, el cuerpo de Lourdes perdió la tensión y se desplomó sobre la cama.
Comenzó a revolver la ropa una y otra vez, sin saber qué ponerse. De haber sabido, le habría pedido a Darío que le armara el conjunto antes de irse.
La costumbre era algo aterrador. Tendría que acostumbrarse lo más pronto posible a una vida sin Darío Alzamora.
***
Al salir de la habitación.
Darío no se fue de inmediato. Bajó a la cocina del hotel y, soltando una buena suma de dinero, le detalló todos los gustos de Lourdes al chef principal, exigiéndole que le preparara sus comidas puntualmente y siguiendo al pie de la letra sus indicaciones.
Una vez aclarado eso, Darío le preparó un café helado y pidió que se lo subieran a Lourdes, algo que le había prometido hacía tiempo.
Cuando comprobó que Lourdes había salido del hotel, Darío regresó a la habitación. Limpió minuciosamente el desorden que ella había dejado en el vestidor y el tocador, y luego se tomó el tiempo de armarle combinaciones completas de ropa y zapatos para toda la semana, etiquetándolas cuidadosamente para facilitarle la elección.

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