Después de arreglarlo todo, Darío hizo su maleta y se dirigió al aeropuerto.
Antes de abordar, le envió un mensaje a Lourdes. Por supuesto, no obtuvo respuesta. Darío sonrió levemente; ya estaba más que acostumbrado a su orgullo y a sus berrinches.
Ella solía ser fría e indiferente con el resto del mundo, pero solo con él se daba el lujo de tener esos pequeños arrebatos.
Antes de apagar el celular, le mandó las fotos de los conjuntos de ropa que le había preparado.
[Los zapatos también tienen etiquetas. Si la Señorita tiene alguna duda, puede preguntarme. Estaré en línea las veinticuatro horas.]
Beep... beep...
Cuando Lourdes recibió el mensaje de Darío, estaba recostada en los sillones de un club nocturno. Había pedido a ocho modelos para que le hicieran el famoso Baile de la Zancada.
Todos medían más de un metro ochenta, tenían hombros anchos, cinturas estrechas y piernas larguísimas. Sus rostros tampoco estaban nada mal.
El único detalle era que, con tal de ganar una buena propina, todos le dedicaban sonrisas zalameras y complacientes.
Nada que ver con Darío...
Él siempre era tan frío y distante, como un témpano de hielo imposible de calentar. Sin embargo, entre más inalcanzable se mostraba, más disfrutaba ella provocándolo, para ver cómo esa flor de las alturas caía de su pedestal.
—¿De quién es el mensaje? —preguntó Aldana con curiosidad. Estaba encogida en un rincón, envuelta en capas de ropa, comiendo botanas.
La última vez que había ido con Sombra a ver modelos, las atraparon in fraganti. Y el castigo al regresar... bueno, había sido bastante intenso.
Esta vez, acompañar a su hermana Lourdes era como jugar con fuego. No podía permitir que Rogelio la descubriera de nuevo.
—De Darío. —Lourdes lanzó una mirada desinteresada a la pantalla, arrojó el celular a un lado y le chifló a los modelos en el escenario—. ¿No almorzaron o qué? ¡Muévanse con más ganas!
Al escucharla, los chicos comenzaron a menearse con mucha más intensidad. Algunos incluso le guiñaban el ojo a Lourdes constantemente.
Al principio intentaron coquetear con Aldana también, pero ella llevaba gorra y cubrebocas, por lo que ni siquiera se le veían los ojos o la nariz. Y para colmo... desde que llegó no había parado de comer, sin dedicarles ni siquiera una mirada de reojo.
—Escuché que planeas despedir a Darío, ¿es cierto? —preguntó Aldana.
—Ajá, ya me aburrió. —Lourdes esbozó una sonrisa astuta—. Quiero probar jugar con alguien nuevo.
—Ah. —A Aldana le pareció que ese discurso de mujer empoderada sonaba bastante bien—. Si lo despides, nomás no te arrepientas.
Porque ella había notado que su hermana estaba bastante enganchada con ese chico mantenido.


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