—Que revise lo que quiera, ¿acaso le tienes miedo? —Lourdes, que estaba en el clímax de la diversión, apenas soltó una carcajada al escucharla—. A los hombres no se les puede consentir. Si les das la mano, se toman el pie. Ya deberías saberlo.
Darío era el ejemplo perfecto de eso.
Y pensar que ahora ya se atrevía a llamarla por teléfono para cuestionar en dónde andaba.
Ese tipo solo era un chico mantenido, que también funcionaba como su guardián y amante ocasional para calentarse.
No conocía su lugar.
—El problema es que esta es mi segunda ofensa y él me lo había advertido. —Aldana se subió el cubrebocas luciendo sumamente incómoda—. Aunque no me va a gritar, se va a quedar enojado.
Y luego comenzaría a preguntarle una y otra vez qué era lo que a él le faltaba.
Ella diría: «No te falta nada».
Rogelio: «Si no me falta nada, ¿por qué tienes que ir a un antro a ver modelos?».
Ella: «Por la comida».
Rogelio: «¿O sea que importo menos que la comida?».
Ella estaba muda.
La última vez que discutieron sobre el tema fue tan exasperante que casi le explotó la cabeza.
Al final, le tuvo que jurar que, por más comida que le pusieran enfrente, nunca más se dejaría tentar.
Y ni siquiera había pasado tanto tiempo, su fuerza de voluntad fue un desastre.
—Ay no, mejor me voy con cuidado. —Aldana tomó su bolso y miró hacia los lados—. Vete a casa temprano, te acompaño la próxima vez.
—Pero tú... —Antes de que Lourdes pudiera terminar, Aldana ya había salido volando.
Sin su hermana allí para hacerle compañía, Lourdes perdió todo el interés de golpe.
—Señorita Yáñez, si gusta que bailemos algo más, solo tiene que pedirlo —insistió emocionado el modelo principal, que había sudado la gota gorda tratando de impresionarla.
—Ya no. —Lourdes se recargó en el sofá. La sonrisa se borró de su rostro y su voz sonó exhausta—: Tomen su dinero y lárguense. Quiero estar sola.
—Sí, señorita. —El modelo miró el grueso fajo de billetes y, sin atreverse a preguntar más, se llevó a los demás.
—Vaya, ese viejo zorro sí que resultó ser comprensivo, ¿eh? —se burló Lourdes, sin creerse ni una sola palabra.
—¡Es en serio! —Eliseo soltó una carcajada nerviosa—. El jefe ya lleva esperando afuera dos horas. Le mandó mensajes a la señora y, como no contestaba, me pidió que entrara a echar un vistazo.
Si su intención hubiera sido armar un escándalo, habría entrado desde hace rato.
Las palabras exactas de Rogelio fueron: «Entra a revisar. Las dos son unas glotonas, no vaya a ser que consuman alcohol por accidente y terminen desmayadas sin darse cuenta».
—Tsk. —Lourdes dudaba bastante. Rogelio Lucero era un viejo zorro y sus subordinados tampoco eran blancas palomas. Dijo con pesadez—: Mi hermana acaba de irse por la puerta de atrás.
—¿La puerta de atrás? —Al imaginarse a la señora huyendo despavorida, Eliseo casi suelta una carcajada.
—Señorita Yáñez, el jefe también le preparó un chofer. Cuando desee retirarse, solo avíseme.
—Mhm. —Lourdes cerró los ojos y ordenó con pereza—: Largo de aquí, no me molestes.
—Entendido. —Viendo que no estaba de humor, Eliseo no dijo más y cerró la puerta al salir.
El salón privado quedó sumido en un silencio total.

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