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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1941

—¡Lo haré!

—¿Camilo Alzamora sabe de esto? —Don Belisario frunció el ceño y habló con voz profunda—. Envía a algunos hombres para protegerla y, si es necesario, sácala de Bravaria.

Él conocía muy bien a su nieto mayor; cuando se trataba de ser cruel, no tenía límites.

Era capaz de cualquier bajeza.

—Pierda cuidado, yo la protegeré —respondió Darío Alzamora con una seriedad sin precedentes.

La protegería a ella, ¡a ellas!

***

Casino Costa Oeste.

Siguiendo las órdenes, Darío fue a la villa muy temprano para recogerla.

En el auto había preparado el desayuno, lleno de las cosas favoritas de Lourdes.

—Muchas gracias.

Lourdes probó un bocado de su sándwich, sus facciones se relajaron y lo elogió:

—Don Eu, tienes muy buena capacidad de aprendizaje.

¡Había captado un ochenta por ciento de la sazón de Darío!

—Gracias por sus cumplidos, Srta. Yáñez. Aún tengo margen para mejorar.

Darío sonrió, y la alegría llegó hasta las comisuras de sus ojos.

Media hora después.

Lourdes tomó el ascensor exclusivo y llegó al último piso.

Don Eu manejaba el casino con tal eficiencia que Lourdes apenas tenía que usar la cabeza.

Solo sellaba documentos, firmaba, y luego se recostaba en el sofá a jugar con su teléfono.

Comía su almuerzo, su postre de la tarde, y su cena.

La alimentaban sin parar, como si la estuvieran consintiendo al máximo.

En un abrir y cerrar de ojos, pasó medio mes.

Probablemente, gracias al entrenamiento previo con Darío, Lourdes pasó de desconfiar de Don Eu a acostumbrarse a tenerlo cerca.

El único problema era que...

Había pasado medio mes y Darío parecía haberse evaporado de la faz de la tierra.

Incluso los detectives privados no podían encontrar ninguna pista sobre él.

Si la situación continuaba así, tendría que pedirle ayuda a la gente del Submundo.

Aunque se habían separado, Darío era un buen hombre.

Tenía mucho miedo de que... le hubiera pasado algo.

—Srta. Yáñez, ¿en qué está pensando? —Don Eu le acercó un vaso de leche tibia y dijo en voz baja—: Le agregué un toque de miel y canela, el sabor es muy bueno.

—Gracias —Lourdes miró la leche con el ceño levemente fruncido—. Don Eu, de ahora en adelante no tienes que traerme comida a cada rato.

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