Justo cuando Lourdes empezaba a ceder y estaba a punto de perdonarlo.
La interrumpieron en el peor momento, y Darío, ardiendo de furia por dentro, respondió con una voz fría como el hielo:
—¡Habla!
—Man... Mandatario. —Zenón estaba aterrorizado, tartamudeando con profundo respeto—: Don Octavio Alzamora está furioso en la mansión y exige que regrese de inmediato.
La noticia de que el Mandatario andaba con una «mujer de dudosa reputación» y que había sido su guardaespaldas en un casino por tres años se había regado como pólvora.
Ahora todo Bravaria hablaba del escándalo, y el exmandatario sentía que el prestigio de la familia Alzamora estaba arrastrado por los suelos.
Echaba pestes en su casa, gritando que iba a hacerle rendir cuentas a Darío.
—Que espere.
Darío colgó la llamada y le sostuvo los hombros a Lourdes.
—Mientras yo no esté, por favor no salgas de casa.
—Si de verdad necesitas salir, no pasa nada, he asignado escoltas para ti, estarás a salvo.
—Cuando termine de arreglar los asuntos de la familia Alzamora, regresaré.
—Darío...
Instintivamente, Lourdes le agarró la mano y, apretando los labios, intentó mantener la calma: —¿Corres peligro si regresas?
Un padre desalmado, un hermano calculador; esa familia era un nido de víboras.
Si encontraban su punto débil, ¿acaso lo dejarían en paz tan fácilmente?
—¿Te preocupas por mí?
Darío esbozó una amplia sonrisa; sus labios se curvaron, y su voz sonó pausada y relajada.
—¡Te estoy haciendo una pregunta, tómatelo en serio! —Lourdes estaba tan frustrada que se le enrojecieron los ojos—: Todo este alboroto de hoy es obra de tu hermano mayor, ¿no es así?
—Vaya, qué perspicaz es la Srta. Yáñez. —Darío le apretó suavemente la barbilla, sonriendo con desgano.
Al verlo todavía sonriendo, Lourdes se enojó aún más: —¡Darío!
—Descuida.
La sonrisa de Darío se esfumó y su expresión se tornó grave: —Teniéndote a ti y al bebé esperándome en casa, ¿cómo crees que dejaría que me pasara algo?
—Pero...
—¿Y qué si son mi padre y mi hermano? —Darío sonrió con desprecio—: Para mí, no valen más que dos ratas de callejón.
—No me voy a quedar de brazos cruzados, y mucho menos les cederé ni un milímetro.
—¡No olvides que el Mandatario soy yo; no se atreverán a tocarme!
«...»
La mirada de Lourdes se contrajo y una leve preocupación asomó a sus ojos.

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