En la villa.
Poco después de que Lourdes llegara a casa, recibió una llamada de Don Eu.
—Srta. Yáñez, su cena ha llegado.
Lourdes abrió la puerta y, al ver a Don Eu sosteniendo un portaviandas, frunció el ceño:
—¿No te dije que no era necesario que trajeras la cena, que yo comería cualquier cosa?
Don Eu ya era un hombre mayor, pasaba el día entero ocupándose de los asuntos del casino y, por las noches, todavía le preparaba y le llevaba la comida.
Se sentía como una explotadora, tratando así a su empleado.
Le pesaba en la conciencia.
—El Sr. Alzamora me pagó —Don Eu dejó el portaviandas y sonrió con amabilidad—. Si recibo el dinero y no hago el trabajo, mi consciencia no me dejará dormir. Y la falta de sueño afecta mi salud, lo cual acorta mi esperanza de vida.
—Así que, para que yo viva muchos años más, por favor, Srta. Yáñez, déjeme hacerlo.
«...»
Habló con tanta seriedad que Lourdes no encontró palabras para rebatirle.
—Está bien, pero cuida tu salud, no te exijas demasiado.
Lourdes pensó que, al momento de pagarle, podría darle un bono adicional.
Una vez que el bebé naciera, ella retomaría por completo las riendas del casino, y Don Eu ya no tendría que esforzarse tanto.
—Vete a descansar temprano.
—Entendido, Srta. Yáñez —Don Eu asintió, y antes de irse no pudo evitar darle un par de vistazos a Lourdes.
Y, de paso...
Le echó un ojo a su hijo en el vientre.
***
La puerta se cerró.
La sala quedó en un silencio absoluto.
Mientras Lourdes comía su cena de cerdo estofado con arroz, revisaba los mensajes de su teléfono.
Darío llevaba exactamente cuarenta y cinco días lejos.
Hasta ahora, no la había llamado ni le había enviado un solo mensaje.
Antes de irse, le había suplicado con tanta humildad que no lo alejara.
Pero una vez que se fue, desapareció por completo y sin dejar rastro.
El resultado era, en teoría, el que ella quería; pero por alguna razón, sentía un nudo en la garganta.
Últimamente soñaba con él más veces de las que había soñado con Aris Guzmán en toda su vida.
Aunque no lo visitaba a menudo, los encargados del cementerio mantenían la tumba de Aris excepcionalmente pacífica y arreglada.
Alrededor de la lápida crecían hermosas flores cosmos de múltiples colores, en su máximo esplendor.
Eran las flores favoritas de Aris.
Lourdes dejó las flores que había llevado, se acuclilló frente a la lápida y acarició con ternura el joven rostro de la fotografía.
—Lo siento, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vine a verte —los ojos de Lourdes se humedecieron y su voz se quebró—: No es que no quisiera venir, es que temía que te enojaras conmigo si lo hacía.
—Porque...
Lourdes apretó sus labios rojos mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas:
—Una vez prometí que serías el único en mi vida, pero ahora, me he enamorado de alguien más.
Se había enamorado de Darío.
Si antes solo era una sospecha, durante el tiempo que él estuvo ausente, lo comprobó.
Había sentido una añoranza abrumadora que la devoraba poco a poco.
Estaba completamente segura de que no era simplemente que extrañaba sus cuidados.
Sino que realmente se había enamorado de él.
—Lo siento —Lourdes se sentó en el suelo, y el viento que soplaba pareció llevarse sus palabras—: Si me enamoro de otro, ¿te vas a enojar?

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