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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1947

—A mí qué me importa cómo se llama... —murmuró la doctora, tragando saliva con nerviosismo.

Dos segundos después, levantó la cabeza lentamente y miró a Darío con incredulidad:

—¿Cómo dijo que se llama?

¿Lázaro Alzamora?

Si no recordaba mal, el actual Mandatario de Bravaria se llamaba Lázaro Alzamora.

En toda Bravaria, las personas con el apellido Alzamora se podían contar con los dedos de una mano.

—¡Lázaro Alzamora!

Él dio un paso al frente y se presentó:

—Mandatario de Bravaria, pero también novio de la señorita Lourdes Yáñez y padre del hijo que espera.

Su nombre real era Darío Alzamora; ese era el nombre que su padre le había dado.

Pero durante la disputa por el cargo de Mandatario, su abuelo le sugirió cambiar de nombre.

Lo llamó Lázaro.

Un nombre que significaba renacimiento y luz, para que comenzara una nueva vida, dejando atrás el pasado.

—¿¿¿Ah???

La doctora se quedó congelada con el teléfono en la mano, olvidando por completo hacer la llamada.

¿El Mandatario de Bravaria?

¿Era en serio?

¡¿Acaso era un impostor?!

—Esta es mi identificación —Darío sacó sus documentos personales y su credencial oficial del gobierno de Bravaria—. Si no me cree, puedo llevarla a dar un paseo por el Centro de Convenciones Estelar.

—¡No!

La doctora negó con la cabeza de inmediato. Lo miraba estupefacta, con la mente en blanco.

Esa presencia, esa aura... realmente no parecía un impostor.

¡Tampoco habría nadie con ganas de morir tan rápido como para hacerse pasar por el Mandatario!

Así que...

¡¿El mismísimo Mandatario estaba en su consultorio?!

—¡Ma... Mandatario!

Al reaccionar, la doctora se puso de pie de un salto y se disculpó con una mezcla de respeto y pavor:

—Lo lamento mucho, hace un momento yo solo...

Había cavado su propia tumba, ¿qué clase de idioteces le había dicho?

¡Si el Mandatario se enojaba, sería su fin!

—No la culpo.

Darío asintió levemente, con un tono amable:

—Tome asiento, Dra. Rocío.

—¡A la orden!

La voz de la Dra. Rocío fue fuerte y clara; se dejó caer de nuevo en su silla, con la espalda recta como un soldado.

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