—Pero señor Alzamora, ¿cuándo revelará su identidad?
Preguntó el gerente con curiosidad.
A la señorita Yáñez no le gustaba ser engañada; si pasaba mucho tiempo, podría enojarse en serio.
—Pronto.
Darío lo pensó y adoptó una expresión seria:
—Cuando termine de limpiar la basura, le pediré perdón.
¿Basura?
¿Qué basura?
Al ver la espalda de Darío, el gerente se quedó perplejo.
***
Al atardecer.
Aldana terminó de comer y, acompañada por Rogelio, dio un paseo por el jardín del casino.
Al llegar a la entrada, se toparon de frente con Don Eu. Parecía haberlos estado esperando a propósito.
—Srta. Carrillo, Sr. Rogelio —Don Eu se enderezó y dejó de fingir su voz—. ¿Tienen un momento? ¿Podemos hablar?
...
Rogelio miró a Aldana, esperando que su esposa diera la orden.
—Claro.
Aldana asintió y solo entonces Rogelio se atrevió a hablar:
—Adelante.
Darío lanzó una mirada profunda a Rogelio, con una expresión compleja.
Era realmente difícil asociarlo con el implacable amo del Continente del Norte.
¡Se comportaba como un esposo sumiso!
Los tres entraron a una sala privada donde apagaron todas las cámaras de seguridad.
Una vez sentados.
Aldana miró al hombre disfrazado frente a ella, levantó sus preciosos labios rojos y habló con desgana:
—¿Debería llamarte señor Alzamora o prefieres Mandatario Lázaro?
...
Darío frunció el ceño. Se sorprendió por un par de segundos, pero recuperó la compostura rápidamente.
¿Quiénes eran Aldana y Rogelio al fin y al cabo?
Ambos controlaban los dos grupos de hackers más grandes del mundo. Investigarlo no les costaba más que mover un dedo.
—Ocultar mi identidad tiene una razón —explicó Darío con el rostro serio.
—Te escucho...
Aldana cruzó sus largas piernas, mirándolo con esos ojos puros y brillantes.
—He estado enamorado de Lourdes desde hace más de diez años.
¿Más de diez años?
Al escuchar esto, la sonrisa irónica desapareció del rostro de Aldana y dio paso a la sorpresa.
Rogelio también levantó la cabeza, arqueando una ceja de forma imperceptible.
—Desde el día que entró al orfanato, me enamoré de ella.
Darío se recargó en la silla, con la espalda recta, y sus ojos se suavizaron al recordar el primer encuentro:
—Fue una lástima no haber podido presentarme antes de que apareciera Aris Guzmán.
...
Aldana ya entendía la situación en su totalidad.
¡Era un verdadero admirador empedernido!
—Insistió en que me fuera porque estaba confundida y sufría. Lo entiendo.
Darío levantó la vista, con una mirada rebosante de determinación:
—Pero no puedo separarme de ella, así que esta es la única manera de quedarme a su lado.
Aldana apretó los labios:
—¿Qué más sabes?
—Voy a ser padre —respondió Darío, incapaz de reprimir la sonrisa—. Que Lourdes haya decidido tener a mi hijo demuestra que siente algo por mí, solo que todavía no puede aceptarlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector