—Ah.
Aunque sabía que Darío lo decía a propósito para complacerla, Lourdes no pudo evitar alegrarse.
Le dio un golpecito en la pierna y, enarcando una de sus finas cejas, dijo:
—Ya ves, solo fuiste el repartidor Lázaro.
—Es un honor. —Al verla sonreír, Darío también sonrió.
Al terminar de secarle el cabello, Darío guardó la secadora.
Al regresar a la cama, Lourdes ya estaba bajo las mantas.
Se había hecho una bolita, dejando al descubierto solo la parte trasera de su cabecita redonda.
Darío apartó las cobijas, se acostó y la abrazó con inmensa delicadeza.
«?»
Lourdes estaba a punto de dormirse, pero al sentir el contacto repentino, abrió los ojos asustada.
—Soy yo.
Darío le besó la frente, le acarició la pancita y la arrulló:
—Duerme, yo cuidaré de ti.
—Mjm.
Lourdes lo miró, y toda su ansiedad se desvaneció al instante.
Se acurrucó aún más en los brazos de Darío, apoyó la mejilla en su pecho y murmuró con los ojos cerrados:
—Darío...
—Aquí estoy.
Darío la estrechó con fuerza, sintiendo el impulso de besarle los ojos nuevamente.
Como si necesitara confirmar que él estaba ahí, los labios de Lourdes se movieron ligeramente y, poco a poco, se quedó dormida.
Era cierto que el embarazo daba mucho sueño.
Darío tiró de la manta para cubrirlos a ambos, respirando profundamente el aroma de su piel.
No era un sueño, mucho menos una alucinación.
Le había tomado casi cuatro años, pero por fin había logrado entrar en el corazón de Lourdes.
—Mi amor. —Darío acarició su mejilla contra la de ella y murmuró con voz ronca—: Nunca más me separaré de ti.
***
Al día siguiente.
Cuando Lourdes despertó, Darío ya no estaba a su lado.

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