Había docenas de informes, y con solo echar un vistazo a unas cuantas páginas, entendía todo el panorama a la perfección. Localizaba los errores y aciertos de inmediato, proponiendo soluciones en cuestión de segundos.
Su eficiencia era monstruosa.
¡¿Cómo no se habían dado cuenta antes de que Darío era tan atractivo y tenía tanta presencia?!
Lourdes, acurrucada en el sofá, miraba la pantalla sin parpadear. Estaba tan fascinada que ni cuenta se dio del paso del tiempo.
Para cuando reaccionó.
La reunión de una hora había concluido y parecía que todos estaban a punto de retirarse.
Seguro Darío no iba a explicar nada sobre los rumores.
Y con justa razón.
Él era el Mandatario, ¿tenía que darle explicaciones a alguien sobre su vida amorosa?
No valía la pena perder el tiempo con los que alguna vez lo pisotearon.
Lourdes se levantó para ir al baño cuando, de repente, la voz de Darío resonó en los altavoces.
—Sobre las noticias que circulan en internet, creo que es necesario hacer una aclaración.
«!!!»
Los diputados, que ya estaban medio mareados por tanta información, levantaron la cabeza de inmediato, despertando de golpe.
Lourdes también se detuvo en seco y clavó los ojos en el televisor.
En la pantalla, Darío se levantó, acomodó el micrófono que llevaba en el pecho, barrió a los presentes con su mirada implacable y pronunció:
—La señorita Lourdes Yáñez y yo, efectivamente llevamos juntos desde hace tres años. Pero ella no me sedujo; fui yo quien estuvo detrás de ella rogándole por una oportunidad.
»Me tomó tres años de esfuerzo poder conquistar a la mujer que amo. Así que si algún periodista mediocre vuelve a escribir basura y la hace enojar, ella se desquitará conmigo, y yo me encargaré de destruir a quien haya escrito semejante porquería.
Diputada de la fila de atrás: —Esto... ¿por qué me parece tan romántico?
—Ya me imagino a la señorita Yáñez dándole órdenes al Mandatario.
—La señorita Yáñez y yo somos solteros y no tenemos compromisos. Enamorarnos no es un delito, ¿o sí?
Continuó Darío con parsimonia.

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