Lo más escandaloso fue que no solo compró materiales defectuosos, sino que se coludió con los proveedores para intentar inculpar al Mandatario.
Los proveedores confesaron todos los crímenes de Camilo de principio a fin.
Había testigos y pruebas irrefutables.
Sin dudarlo un segundo, Darío emitió una Orden del Mandatario para autorizar el arresto y la investigación de Camilo Alzamora.
Don Octavio Alzamora, quien esperaba tranquilamente en su mansión la noticia de la caída en desgracia de Darío, recibió en su lugar la orden de arresto en contra de su hijo favorito.
Había subestimado a Darío.
El plan de Camilo había sido perfecto, y aun así, su hijo menor lo había descubierto y le había dado la vuelta por completo.
—¿Dónde está Camilo? —preguntó Don Octavio, lívido de la rabia. Agarró su saco y caminó a paso rápido hacia la puerta—. Llámalo de inmediato y dile que se esconda.
—Don Octavio, no podemos contactarlo —respondió Anselmo, el mayordomo, visiblemente nervioso.
—Iré a buscarlo yo mismo —gruñó Don Octavio, frunciendo el ceño.
Era evidente que Darío iba con todo. Si atrapaban a Camilo, las consecuencias serían fatales.
Sin embargo, apenas llegó a la entrada, dos filas de guardaespaldas le bloquearon el paso.
—Lo sentimos, Don Octavio. El Mandatario ha ordenado que no puede salir por ahora.
—¡Malditos perros! ¿Cómo se atreven a detenerme? ¿Qué se han creído?
—Lo lamento, son órdenes estrictas del Mandatario —respondió el jefe de seguridad, sin inmutarse ante sus insultos—. Si intenta resistirse, nos veremos obligados a detenerlo.
—Ustedes...
Don Octavio se negó a escuchar y dio un paso al frente para salir por la fuerza.
Al instante siguiente, los guardaespaldas sacaron sus armas al unísono y le apuntaron directo al pecho. Sus miradas eran frías.
—Don Octavio, no nos obligue a hacer esto.
—¡Bien, muy bien!
Al darse cuenta de que Darío no estaba jugando, Don Octavio dio media vuelta, furioso.
Camilo era el nieto legítimo de la familia Alzamora; no había manera de que Don Belisario dejara que algo malo le pasara.
***
—¿Qué? ¿Cómo que Don Belisario no está? —Don Octavio se paró frente a las habitaciones de su padre, sintiendo que le hervía la sangre.
—El señor se fue hace unos días a un retiro espiritual. ¿No lo sabía, Don Octavio? —respondió respetuosamente una de las criadas.

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