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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 2046

—¡Mandatario, su mano!

Al ver la sangre brotando a borbotones, las pupilas de Zenón se dilataron por el pánico e intentó limpiarle la herida con un pañuelo.

Darío lo apartó de un violento empujón, agarró su teléfono con desesperación y marcó el número de Aldana.

—Lourdes no vino ayer a la capital. Me dijo que había sido una decisión de ambos —respondió Aldana al otro lado de la línea.

—¿No fue a la capital?

La mente de Darío se quedó en blanco y los dedos comenzaron a temblarle incontrolablemente.

Él mismo la había dejado en el avión y le habían confirmado que el vuelo aterrizó a salvo.

¿Cómo era posible que estuviera en Bravaria?

¿Qué demonios había hecho su esposa?

—¿Le pasó algo a mi hermana? —preguntó Aldana con cautela tras un breve silencio.

—La secuestraron.

Darío tragó saliva con dificultad y su voz era tan ronca que apenas se le entendía.

—No dejaré que le pase nada.

Tras cortar la llamada, Darío ordenó a Zenón que rastreara el origen del mensaje a toda costa.

Luego, llamó al número que le había mandado el video.

—Camilo, ¿qué quieres?

—¿No sabes lo que quiero, hermanito? —Camilo estaba sentado cómodamente en un viejo sofá, dándose masajes en la pierna lisiada, mientras una sonrisa perversa se dibujaba en su rostro.

—Libérala y te daré lo que pidas.

Darío apretó el teléfono hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Tratando de contener su furia, le advirtió:

—Pero escúchame bien, Camilo. Si mi esposa o mi hijo sufren un solo rasguño, te cortaré en pedazos.

—Quiero que me entregues personalmente tu puesto como Mandatario —rio Camilo, desbordando codicia—. Y también quiero una de tus piernas.

Quería que Darío experimentara el infierno de ser un lisiado de por vida.

—Hecho —accedió Darío sin vacilar ni un segundo, con voz fría y calculadora—. Pero quiero ver a Lourdes por videollamada para confirmar que sigue viva.

—Jajaja, quién diría que tendríamos a un gran romántico en la familia —se burló Camilo, cargado de sarcasmo.

—¡He dicho que quiero ver a Lourdes! ¿Te quedó claro? —rugió Darío, con el rostro desfigurado por el enojo. El eco de su grito retumbó en la oficina.

—Espera.

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