Al verla rogar de esa manera, luciendo tan vulnerable y con las lágrimas escurriéndole por el rostro, Aldana no tuvo el valor para decirle que no.
Suspiró, dándose por vencida.
—Está bien, pero tendrás que seguir mis órdenes al pie de la letra.
—Sí, sí —asintió Lourdes enérgicamente, limpiándose las lágrimas—. No le digas a Darío, o se volverá loco de preocupación.
—Te aprovechas de lo mucho que te ama. —Aldana le limpió una lágrima rezagada y, tras pensarlo un momento, decidió—: Volvamos a Bravaria primero, yo idearé una estrategia.
No solo no podían decírselo a Darío, tendrían que ocultárselo a todo el mundo.
Parecía que le iba a tocar hacer de villana otra vez.
***
En Bravaria.
La implacable cacería masiva, el bloqueo total de sus cuentas y la imposibilidad de contactar a Don Octavio, obligaron a Camilo a vivir como una rata. No se atrevía a pisar su casa; solo salía de noche a buscar sobras.
Se ocultó en una cafetería mugrienta a las afueras de la ciudad, comiendo un tazón de fideos mientras la televisión transmitía el éxito arrollador de los proyectos de Darío.
Todo el país lo idolatraba.
Y para empeorarlo todo, los medios no dejaban de mencionarlo a él, usando su fracaso como la comparación perfecta para enaltecer a Darío. Lo estaban humillando a nivel nacional.
Camilo miraba la pantalla con rabia, su odio crecía con cada segundo que pasaba.
De repente, su teléfono vibró.
Era un mensaje: [Joven amo Camilo, capturamos a Lourdes Yáñez.]
¿Lourdes?
Al leer el nombre, Camilo sintió que se le iluminaba el alma.
Antes de que su imperio se desmoronara, le había pagado una fortuna a unos matones del mercado negro para que la vigilaran y la secuestraran en la primera oportunidad.
Pero habían fallado tantas veces que él terminó por olvidar el asunto.
Quién iba a decir que justo ahora, en su peor momento, aquellos idiotas lograrían atrapar el punto débil de Darío.
¡Con Lourdes en sus manos, a Darío no le quedaría otra que arrodillarse!
—Tengo una casa en las afueras. No está a mi nombre, así que puedo ponerla a nombre tuyo —le dijo Camilo al contacto por teléfono, con una sonrisa desquiciada—. Si me ayudan a terminar esto, tendrán lo que quieran.
Una vez cerrado el trato, recibió una dirección.


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