La policía lo miró fríamente y uno de los oficiales pronunció cada palabra con contundencia:
—¿Nos cree idiotas?
—Yo...
Camilo abrió la boca, pero no supo qué responder. Aunque, si analizaba todo el asunto, algo se sentía muy extraño. Definitivamente había un fallo en alguna parte.
Al ver que Darío se acercaba abrazando a Lourdes y lo miraba desde arriba con superioridad, Camilo se alteró por completo:
—Darío, ¡fuiste tú, ¿verdad?!
—¡Tápenle la boca, llévenselo y asegúrense de interrogarlo bien! —ordenó el oficial.
Darío no estaba dispuesto a dirigirle ni media palabra más. Atentar contra la seguridad pública, secuestro, intento de homicidio... Con la suma de todos esos cargos, Camilo jamás saldría de la cárcel en lo que le quedaba de vida.
—¡Darí...! ¡Mmph!
Camilo no pudo emitir ni un sonido más mientras los policías lo arrastraban hacia afuera. El resto del equipo se quedó para limpiar la escena.
***
En el auto.
Aldana ya se había cambiado de ropa. Al abrir la puerta, se encontró con Rogelio Lucero sentado adentro.
—¿Eh?
Al ver al hombre, Aldana se quedó pasmada un par de segundos antes de forzar una sonrisa y saludar:
—Hola, Sr. Rogelio. ¿Tú también viniste a turistear por Bravaria?
—¿No que ibas a acompañar al profesor a otra provincia para un experimento? —Rogelio la miró con una mezcla de impotencia y diversión—. ¿El avión se equivocó de rumbo?
—Bueno, la verdad es que... —Aldana lo pensó, pero no se le ocurrió ninguna buena excusa. Así que simplemente se metió al auto, se sentó sobre las piernas de Rogelio, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó—. Mi sexta hermana me rogó llorando que la ayudara. No podía decirle que no.
—Era demasiado peligroso. —Rogelio la abrazó por la cintura, suspirando con cariño—. Debiste decírmelo antes, mi pequeña mentirosa.
—Pero todo salió bien, ¿no? —Aldana sonrió con astucia—. Si mi mamá me regaña cuando regresemos, tienes que defenderme, ¿entendido?
—¿Tienes miedo?


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