¿Gatita salvaje?
Zenón, que estaba organizando unos documentos, escuchó a su jefe y, por instinto, miró hacia la puerta.
Allí estaba Lourdes, con el plato de fruta en las manos, paralizada en su lugar, mirándolo con una expresión de total impotencia.
¿La Primera Dama?
Zenón estuvo a punto de soltar una carcajada, pero su ética profesional lo obligó a contenerse.
—Mandatario, me parece que no hay ninguna gatita salvaje. Es su esposa quien ha llegado.
Al responder, alzó un poco la voz a propósito, para que Lourdes no tuviera escapatoria.
Lourdes le lanzó una mirada fulminante a Zenón, quien solo respondió con una sonrisa traviesa, haciéndose el tonto.
Lourdes se mordió el labio inferior, entró a paso lento y lanzó una mirada de culpabilidad al hombre recostado en la cabecera, que tenía el rostro ligeramente pálido.
La pierna de Darío descansaba sobre la cobija, envuelta en gruesas vendas por las que se asomaban unas manchas de sangre fresca.
—Ven aquí, mi amor —le dijo Darío, dándole unas palmaditas al espacio junto a él y haciéndole una seña para que se acercara.
Lourdes obedeció como una niña buena, dejó el plato de fruta en la mesa y posó sus hermosos ojos estrellados en el hombre.
—¿Te duele mucho?
—Un poco. —Darío le tomó la mano. Sus oscuros ojos, profundos como el océano, la miraron mientras su voz sonaba un poco ronca—. Creo que voy a necesitar medicina para el dolor.
—¿Medicina? —Lourdes se tensó al instante—. ¿Dónde está? ¡Iré por ella!
—Está aquí.
Darío tiró de ella suavemente, acercándola a su pecho. Le sostuvo el delicado cuello y unió sus labios con los de ella en un beso profundo y apasionado.
Lourdes se quedó atónita por un par de segundos, pero luego lo abrazó por la cintura y le correspondió con la misma intensidad.
Unos minutos después, ella empujó suavemente su pecho, levantó su rostro sonrojado y murmuró:
—Perdón por haberte preocupado tanto.
—El que debería pedir perdón soy yo. —Darío acarició su mejilla con ternura—. Debí haberme deshecho de Camilo mucho antes. Le di la oportunidad de seguir molestando. Gracias, mi vida, por ayudarme a resolver el gran problema que era él.
Le dio un beso en la punta de la nariz, mirándola con adoración absoluta.
—De ahora en adelante, nadie volverá a amenazarlos.


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