—¿Qué pasa?
Al no escuchar respuesta, Rogelio preguntó con curiosidad.
—Nada.
Aldana se levantó y cerró de golpe las cortinas blancas del balcón.
—Hay un hombre feo mirándome, es muy molesto.
¿Un hombre?
Las alarmas sonaron en la cabeza de Rogelio.
Pero dijo «hombre feo».
Ah, entonces no había problema. Podía respirar tranquilo.
—Dile que si te sigue mirando, le sacarán los ojos...
Rogelio puso la llamada en altavoz y dejó el teléfono en el escritorio para seguir firmando documentos.
Su pequeña esposa era hermosa; lo raro sería que nadie la mirara.
Si de verdad alguien se pasaba de la raya, Aldana sabía defenderse sola.
Además, el tipo era feo.
Mmm.
Con más razón, no tenía nada de qué preocuparse.
—Tsk.
Aldana bufó, pero las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Hoy no le des de comer a las tortuguitas.
Ayer, en medio de su crisis existencial, Héctor les había echado muchísima comida.
Si comían más, iban a reventar.
—De acuerdo —Rogelio sonrió y habló con voz tierna—. Me voy a una junta. Si no puedes dormir en la noche, hazme una videollamada.
—Va.
Aldana miró su habitación vacía y dejó escapar un leve suspiro.
Sin su muñeco de dormir personal, era obvio que no pegaría el ojo.
***
Al terminar la llamada.
El personal del hotel llegó con los elegantes postres.
Aldana probó un poco. Sabían bien, así que tomó las cajas para ir al lobby a buscar al Decano Plácido y a sus compañeros.
Con una mano en el bolsillo, caminó sin prisa hacia los elevadores.
Ding—
Las puertas se abrieron, revelando a un hombre alto y de figura esbelta.
Aldana levantó la mirada con calma, recorriendo sus largas piernas hasta llegar a su rostro.
En ese instante.
Frunció el ceño.
¿No era el mismo hombre del balcón de enfrente, el que la miraba de forma tan rara?
El hombre, muy caballeroso, se hizo a un lado para dejarle espacio.
Aldana echó un vistazo al otro elevador. Seguía en el último piso.

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