—Justo tengo hambre. Si no te molesta, yo te acompaño a comer, Luciano.
Plácido dio un paso adelante y sonrió de oreja a oreja:
—De paso, podemos hablar a fondo sobre el Proyecto S.R.
Luciano le lanzó una mirada de reojo a Plácido. ¡Lo último que quería era cenar con este viejo charlatán!
Estaba a punto de rechazarlo, cuando Aldana intervino:
—Perfecto, vayan a comer ustedes.
—Oh.
Luciano se tragó las palabras que tenía en la punta de la lengua y asintió obediente.
—Entonces vamos, Plácido.
Si la Señorita del Vacío lo decía, él tenía que obedecer.
***
Diez de la noche.
El aroma de su camisa ya se había disipado y no lograba que le hiciera efecto para dormir.
Aldana estaba acostada, dando vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño. No le quedó más remedio que llamar a Rogelio.
Para su sorpresa, la operadora indicó que el teléfono estaba apagado.
Rogelio jamás permitía que su celular se quedara sin batería. ¿Aún seguiría ocupado?
Aldana frunció el ceño, pensando en intentarlo de nuevo más tarde.
Se levantó para servirse un vaso de agua. Apenas había dado dos sorbos cuando el timbre de la puerta sonó de repente.
Recordando que Plácido le había prometido traerle algo delicioso, no lo dudó y abrió la puerta.
Al abrirla...
Una figura alta e imponente apareció ante sus ojos de forma inesperada.
Aldana se quedó paralizada, mirando embobada al hombre que acababa de aparecer, tardando un buen rato en reaccionar.
—¿Sorprendida, Señora Lucero? —Rogelio llevaba el saco colgado del brazo; su camisa estaba arrugada y la corbata floja y desacomodada.
Era evidente que había venido directamente desde la corporación.
—¡Pum!—
Aldana dejó el vaso de golpe sobre el mueble y, de un salto, se lanzó a los brazos de Rogelio, rodeando su cintura con las piernas.
—¿Qué haces aquí?
—Te extrañaba.
Rogelio la atrapó con firmeza, levantó el rostro para besar sus labios rojos y murmuró con voz ronca:
—¿Estás feliz de verme?
—Un poco.

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