—Te prepararé algo delicioso cuando lleguemos a casa —Rogelio se inclinó y besó su mejilla—. ¿Qué se te antoja?
—¿Puedo pedir lo que yo quiera? —preguntó Aldana, parpadeando inocentemente.
—Dime qué tienes en mente.
Sabiendo que de seguro traía alguna idea traviesa en la cabeza, Rogelio no se apresuró a darle un no rotundo.
—Helado.
Aldana lo miró con expresión anhelante, y sus hermosos labios rojos se movieron lentamente.
—De acuerdo —Rogelio apretó los labios y murmuró—: Pero solo podrás comer... un par de cucharadas.
Antes de que pudiera terminar la frase, Aldana agregó:
—Tiras picantes de gluten, chocolate, y fresas, unas fresas que estén muy, muy ácidas...
Rogelio se quedó en silencio a su lado, escuchando con suma atención cómo ella dictaba su menú.
Tras quedar embarazada, los gustos de la chica habían cambiado drásticamente.
Ambos, por un acuerdo silencioso, habían decidido no investigar el sexo del bebé.
Pero los mitos populares decían: antojo por ácido, niño; antojo por picante, niña.
La mezcla que ella pedía era demasiado compleja.
—Con las náuseas que has tenido, ¿tu estómago de verdad aguantará algo que es picante, dulce y ácido a la vez? —Rogelio se armó de paciencia y trató de convencerla con tono suave—: ¿Qué tal si te preparo unos champiñones asados cuando lleguemos, eh?
Era algo ligero y refrescante.
—¡Hmph!
Aldana le lanzó una mirada fulminante y giró la cabeza con furia.
¡No le dejaba comer nada de lo que quería! ¿Entonces para qué preguntaba?
Aldana mantuvo la boca cerrada y no le dedicó ni una buena cara a Rogelio el resto del trayecto.
Al llegar a casa.
Aldana entró caminando furiosa por delante, tan rápido que Rogelio apenas lograba seguirle el paso.
—Señora, ya llegó.
Al ver el rostro disgustado de la joven, la sonrisa de Eva desapareció y su semblante se tornó preocupado.
Vaya.
¿Qué había pasado?
¿Se habían peleado?
—Hola, Eva —A pesar del enojo, Aldana respondió por pura cortesía.

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