—¿Me estás amenazando?
Aldana torció los labios, y su tono de voz descendió varios grados.
—No me atrevería.
El sujeto fingió inocencia con una leve risa: —Solo cumplimos órdenes de nuestro jefe, que desea invitarla a cenar a usted y al profesor Jasso.
—Si no asiste, puede que esta cena no sea tan grata para el profesor.
—¿Tu jefe?
Aldana sonrió con ironía: —¿Esa bola de inútiles del país Monteluna los mandó?
Al parecer, haberles desmantelado su sistema de ciberdefensa la vez anterior había sido un golpe al orgullo, y ahora enviaban matones a sueldo.
«Vaya...»
El hombre del otro lado tragó saliva, visiblemente desconcertado por su brusquedad.
Sin embargo, con un temple fuerte, pronto recobró la calma: —Lo siento, no puedo revelar esa información.
—Qué profesional.
Aldana soltó una carcajada gélida y le advirtió con sarcasmo: —Escúchame bien: si le tocan un solo pelo a Luciano, les romperé todos los huesos uno por uno.
—Mientras asista, señorita, el profesor no sufrirá ni un rasguño.
El hombre no se inmutó; al final de cuentas, eran mercenarios.
Cobraban por ensuciarse las manos.
Si el precio era el adecuado, secuestrar a alguien o eliminarlo era solo un trámite más.
Cuando les pasaron el encargo y descubrieron quién era su objetivo, por poco se echan para atrás.
Aldana Carrillo.
Una genia oculta bajo múltiples identidades temibles.
La influencia que tenían ella y su esposo, Rogelio, era suficiente para desestabilizar continentes enteros.
Temían que, antes siquiera de poder atacarla, esa pareja ya los hubiera aniquilado.
Por el bien de sus vidas, habían declinado la misión inicialmente.
Pero el país Monteluna había ofrecido una suma desorbitada.
Era tanto dinero que con ese trabajo podrían retirarse para siempre.
Después de meditarlo un poco.
Decidieron aceptar, y hallaron su punto débil.
Luciano Jasso.
Aldana era sumamente protectora, y Luciano era su amigo de años.
Si a él lo raptaban por culpa de ella, Aldana jamás lo abandonaría.
—Ah, por cierto, debe venir sola —recalcó el hombre, sin darle tiempo de responder—. Su esposo Rogelio no está invitado a esta velada. Ni mucho menos la policía; si una persona más se entera, el profesor va a sufrir mucho.

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