—Pues las páginas que abrieron no resultaron nada mal.
Al notar que el ambiente entre madre e hijo se había vuelto «incómodo», Aldana intervino a tiempo:
—Imagínate si hubieras abierto en la página de «Julia»...
El gran magnate financiero de la capital se llamaría Julia Lucero.
—¿Julia?
Brunilda se quedó pasmada un par de segundos y luego soltó una carcajada:
—¡No me digas! La verdad es que me encanta cómo suena.
Aunque sea niño, ¡le pondremos nombre de niña!
¡Sería como tener a la niña que siempre quise!
—Tu papá tiene un nombre nuevo —dijo Brunilda, levantando a Maximiliano tras terminar su biberón y haciéndolo rebotar en sus piernas—. ¡Julia Lucero! ¿A que suena precioso?
—¿De verdad te parece precioso? —A Rogelio no le hizo ninguna gracia.
—¿Acaso suena mal?
Aldana, sentada a un lado, levantó levemente la mirada y observó a su marido con expresión serena:
—A mí me parece que suena bien.
Rogelio apretó los labios. Unos segundos después, soltó una sonrisa de resignación:
—Si tú dices que suena bien, entonces suena bien.
—Mira cuánto ama tu papá a tu mamá, tienes que aprender de él.
Brunilda pellizcó con suavidad la tierna mejilla del pequeño y le dijo con voz dulce:
—Tú también debes amar mucho a mamá, ¿entendido?
—¡Ohh!
Maximiliano, que aún no sabía hablar, abrió un poco la boquita y regaló una leve sonrisa.
***
En la habitación.
Rogelio terminó de bañar al bebé y se lo entregó a la niñera.
—A partir de esta noche, el niño dormirá con usted.
—Pero señor, usted ha cuidado del joven amo desde que nació. ¿Seguro? —preguntó la niñera, confundida.
—Tengo a alguien mucho más importante de quien cuidar. —Rogelio preparó el biberón y le puso la tetina en la boca a Maximiliano.
—Smack, smack...

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