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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 2150

Dos horas más tarde.

Cuando su piel ya estaba casi arrugada de tanto estar en el agua, Rogelio por fin llevó a Aldana de vuelta a la habitación.

Tendría las mejillas encendidas y, en cuanto se metió bajo las sábanas, sintió los párpados tan pesados que no podía ni abrirlos.

—Amor...

Rogelio se acercó y le susurró al oído.

—¡Si vuelves a tocarme, te mato! —amenazó Aldana sin abrir los ojos, con una voz algo ronca, pero llena de instinto asesino.

Qué agresiva.

Había pasado tanto tiempo sin estar juntos que, en efecto, no había podido controlar ni su fuerza ni la duración.

—Lo siento, amor. La próxima vez prometo ser más suave.

Aldana le dio la espalda y no volvió a decir palabra. Su hombro medio descubierto revelaba unas cuantas marcas rojizas.

—Descansa.

Rogelio no quiso molestarla más y apagó la lámpara.

Al abrazarla por la espalda, sentía que tenía al mundo entero entre sus brazos.

***

Al día siguiente.

Cuando Aldana abrió los ojos, se dio cuenta de que eran las doce del mediodía.

¿Cómo había dormido tanto tiempo?

¿Y Rogelio?

Ni siquiera se había dignado a despertarla.

Aldana se arregló, se vistió y bajó a la sala.

Allí todo era un alboroto de risas y alegría.

—¡Vamos, mi pequeño Suertudito! —Don Ignacio estaba tirado sobre la alfombra de juegos, con un sombrerito de arlequín de colores muy brillantes, intentando animar a Maximiliano—: ¡Regálale una sonrisa a tu bisabuelo!

—Así no se hace, déjame intentarlo a mí. —Doña Marcela agitaba un tamborcito sacudiendo todo su cuerpo—: ¡Mira aquí a tu bisabuela, mi amor!

Maximiliano continuaba sentado, luciendo una dulce sonrisa en su rostro precioso.

De vez en cuando, movía con entusiasmo sus pequeñas manitas.

—Aldi, ya despertaste.

Al levantar la vista y encontrarse con ella, Brunilda la llamó de inmediato:

—Ven a sentarte, el almuerzo ya casi está listo.

—Claro.

Aldana se sentó a su lado, intentando dar una excusa con evidente timidez:

—Olvidé poner la alarma y se me hizo tarde.

Brunilda tenía la vista muy aguda y notó las marcas en el cuello de su nuera, sonriendo con malicia:

—Seguro que anoche no dormiste bien, ¿verdad? Ve a echarte una siesta después de comer.

Viéndolo bien, a veces Rogelio era tan ansioso que ni siquiera se daba cuenta de que debía consentir más a su esposa.

—Dormí muy bien.

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