—Rogelio...
Aldana seguía sentada en el suelo, levantando su pálido rostro para clavar la mirada en él.
Justo cuando más lo extrañaba, ¿Rogelio aparecía así, como si nada?
—¿Qué me miras? ¿Ya no me reconoces?
Una sonrisa afloró en el apuesto rostro de Rogelio. Sus ojos ardían mientras la miraba fijamente, y su voz ronca tembló al hablar.
Al volver en sí, Aldana dejó caer todo lo que tenía encima y, reuniendo hasta la última gota de sus fuerzas, corrió hacia él.
—Aldi.
Rogelio abrió los brazos y atrapó con firmeza a la mujer que se arrojó a su pecho.
Se abrazaron con fuerza, sintiendo la respiración del otro. Ninguno dijo una palabra.
—De verdad eres tú —susurró Aldana, apretándolo más fuerte, con una sonrisa radiante—. No es una alucinación.
—¡Atrás, atrás, dejen espacio! —ordenó Eliseo de inmediato, apartando al resto del equipo para darles a los esposos algo de privacidad.
—Pero... ¿cómo es posible que estés aquí a esta hora? —Aldana se separó un poco, mirándolo con confusión—. ¿Otra vez ignoraste lo que te dije, Rogelio?
Era imposible que un avión llegara tan rápido.
—Si te digo que presentí que algo te pasaba y me adelanté, ¿me creerías?
Rogelio sostuvo el rostro de Aldana entre sus manos, sin atreverse a apartar sus ojos enrojecidos de ella ni por un segundo.
Temía que fuera un espejismo; si parpadeaba, podría desaparecer de nuevo.
—¿Telepatía? —preguntó ella suavemente, acariciándole los dedos.
—Sí.
Rogelio la tomó de la nuca y se inclinó para besarla con desesperación.
—Mmm...
El beso fue abrupto y profundo; Aldana sintió que le arrebataba hasta la última pizca de oxígeno de los pulmones.
—Gracias a Dios estás bien —murmuró Rogelio contra sus labios helados, con la voz temblorosa—. Aldi... gracias a Dios estás viva.
De repente, Aldana sintió que unas gotas frías le caían sobre el dorso de la mano.
Al fijarse bien, se dio cuenta de que eran las lágrimas de Rogelio.
Estaba llorando.
El corazón de Aldana se encogió con fuerza, y un dolor punzante le recorrió todo el cuerpo.

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