Con su esposo y su hijo esperándola en casa, Aldi haría hasta lo imposible por salvarse.
Seguramente se había tropezado con algo o estaba atrapada en algún lugar.
Sí.
Su Aldi no iba a morir. Ella estaría bien.
Eliseo frunció el ceño y le dijo a uno de los hombres:
—Dile a la base que envíen un equipo a la costa, el resto de nosotros seguiremos buscando aquí.
—Entendido.
El hombre se arregló la ropa, aún con el corazón latiéndole a mil por hora.
—Espera —lo detuvo Iván, mirando de reojo la figura desolada de Rogelio, y preguntó en voz baja—: ¿Cuáles son las verdaderas probabilidades de que la señora siga viva?
El hombre tragó saliva, abriendo la boca sin saber qué responder.
Habían pasado cuatro o cinco horas...
El tiempo crucial de rescate se había agotado hace mucho.
—Suficiente —dijo Iván. Al ver su silencio, ya sabía la respuesta.
Si a la señora realmente le pasaba algo, el señor no regresaría vivo a casa.
¡Maldición!
***
Río abajo.
Aldana, arrastrando su cuerpo exhausto, había caminado tambaleándose durante un largo rato.
Estaba tan agotada que finalmente se dejó caer al suelo para descansar.
De repente, una voz familiar llegó a sus oídos.
—Aldi.
Todo su cuerpo se tensó. ¿Cómo era posible que estuviera escuchando a Rogelio?
Incluso si él se hubiera enterado de su accidente de inmediato, un vuelo hasta allí tomaría más de diez horas.
Era imposible.
Sin duda, estaba tan cansada que había empezado a alucinar.
Pensar en eso hizo que a Aldana se le humedecieran los ojos y esbozara una sonrisa triste.
De pronto, extrañaba muchísimo a Rogelio y a su pequeño Suertudito.
Les había prometido traerles regalos.
—¡Aldi...!
Justo cuando cerraba los ojos, volvió a escuchar el llamado.
Estaba segura: esta vez no era una alucinación.
¿Rogelio de verdad estaba allí?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector