Llegó un nuevo invierno.
El año pasado, por estas fechas, ambos seguían viéndose con recelo, manteniendo la educada distancia que se esperaba de un matrimonio por conveniencia. Pero este año, ya se habían convertido en una familia de tres; Lucio había hecho añicos aquella regla de tratarse solo con frío respeto.
Úrsula todavía no se atrevía a acercarse demasiado a la pequeña Milena. Era tan diminuta, como un gatito indefenso, y a Úrsula le aterraba la idea de cargarla mal y dejarla caer.
Esa mañana, Lucio despertó temprano, sacó a Milena de su cuarto y la acostó suavemente junto a Úrsula, que aún dormía.
Milena estaba despierta, pero no lloraba. Sus grandes ojos, oscuros y brillantes como uvas negras, observaban curiosos la habitación.
Al despertar, Úrsula sintió un bultito cálido y suave pegado a ella. Abrió los ojos y lo primero que vio fue a Lucio, apoyado sobre un codo, mirándola con una sonrisa en los ojos. Al bajar la vista, descubrió a Milena acostada a su lado.
—¿Por qué la trajiste a la cama? —preguntó, desconcertada.
Lucio tomó la mano de Úrsula y la guió para acariciar la mejilla de Milena.
—Creo que te extrañaba —respondió.
Seguro estaba inventando cosas.
Sin embargo, cuando las yemas de los dedos de Úrsula rozaron la piel cálida y suave de la bebé, se quedó embelesada por un instante.
—Hace un rato, cuando todavía dormías, no dejaba de mirarte y sonreír —murmuró Lucio—. A mí ni siquiera me ha dedicado una sonrisa.
Apenas terminó de hablar, Milena soltó una risita, como si quisiera darle la razón a su padre.
Úrsula se quedó paralizada unos segundos, cruzando miradas con Milena. Dos pares de ojos grandes y hermosos, increíblemente parecidos, se contemplaron en silencio. Sin darse cuenta, una dulce sonrisa se dibujó en los labios de Úrsula.
A partir de ese día, todas las mañanas Lucio llevaba a la niña a la cama un rato para que madre e hija se acostumbraran la una a la otra. Al principio, Úrsula apenas se atrevía a tocarla, pero poco a poco se habituó a estirar los brazos para cargarla.
Milena era muy tranquila. Tal vez ya reconocía a las personas, porque casi nunca lloraba cuando Úrsula la sostenía, pero en cuanto pasaba a los brazos de Lucio, empezaba a quejarse a todo pulmón.
Lola se moría de risa diciendo que esos dos tenían una verdadera «relación de amor-odio de padre e hija».
Cuando Yara terminó sus pendientes y tuvo tiempo libre, invitó a Úrsula a pasar unos días fuera, de viaje de chicas.
Por la noche, recostadas en la cama del hotel, ambas juntaron las cabezas para ver una película.
Úrsula usaba un tenedor para picar algo de fruta, dándole un bocado a Yara de vez en cuando. Mientras tanto, Yara revisaba la galería del celular de Úrsula, mirando las fotos más recientes de Milena.
—Qué rápido está creciendo. Se parece tanto a ti —suspiró Yara, maravillada. Milena era, literalmente, una copia exacta de Úrsula.

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