POV Evania
—No voy a hacerlo. No voy a abortar
Mi madre abrió los ojos.
—¿Qué?
Tragué saliva.
—No voy a abortar.
—No tienes elección.
Retrocedí un paso.
—Sí tengo.
Mi voz temblaba, pero no retrocedí.
Miré a mi madre.
Después miré la prueba.
Quizá todavía no sabía qué iba a hacer con mi vida.
Quizá estaba aterrada. Quizá no estaba preparada para ser madre.
Pero había algo que sí sabía.
Aquel bebé no era responsable de nada.
Y tampoco era responsable de mis errores.
—No voy a abortar a mi hijo.
El rostro de Constanza se transformó.
Me miró con un odio que me hizo estremecer.
—¿Crees que ganaste? —escupió—. ¿Eso crees? ¿Crees que ahora serás la gran señora Santillán?
No respondí.
—Lisandro no querrá a ese bastardo —continuó—. Porque no es mi hijo. Él jamás lo aceptará.
Sentí que el miedo regresaba de golpe.
Lisandro. Ese nombre era suficiente para hacerme dudar.
—Yo no quiero ser señora Santillán —respondí finalmente—. No quiero quitarle nada a nadie. Solo... no quiero matar a un bebé inocente.
Constanza soltó una risa amarga.
—Siempre haciéndote la víctima.
No contesté. Ya no quería discutir.
Me alejé lentamente de ellas, pero no avancé lo suficiente.
La puerta estaba entreabierta y, aunque intenté continuar caminando
Entonces escuché a mi madre.
—Constanza, cariño, no te preocupes.
Me detuve.
—Ya envié a comprar la medicina abortiva.
Sentí que el corazón se me detenía.
—Ella la tomará y, quiera o no, ese bebé no va a nacer.
Me cubrí la boca con ambas manos.
—Quizá ahora quieras irte —continuó mi madre—, pero después, cuando comprendas que el pobre Lisandro no es culpable y que la única responsable de todo esto es Evania, vas a perdonarlo.
Sentí un dolor profundo en el pecho.
—No permitiré que ella tenga nada que la una a Lisandro.
Me quedé inmóvil.
Era mi madre. Mi propia madre quien estaba diciendo aquello.
Hay un dolor extraño cuando descubres que la persona que debería amarte por encima de todo no necesariamente lo hace.
Me sentí completamente sola.
Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.
Me alejé en silencio hasta encontrar un lugar donde nadie pudiera verme.
Entonces apoyé ambas manos sobre mi vientre.
—Pequeño bebé... Tú no serás como yo.
Respiré profundamente.
—Tú tendrás una madre que te amará por encima de todas las cosas.
Tenía que escapar.
Si me quedaba allí, encontrarían la manera de obligarme a abortar, y mi conciencia no lo soportaría.
Esa noche intenté mantenerme encerrada en mi habitación.
Sin embargo, cerca de las diez de la noche escuché voces en el pasillo.
Me asomé con cuidado.
Era Cinthia, la hermana de Lisandro.
Había venido a visitar a Constanza.
Pero cuando pasé frente a la habitación de Constanza, escuché claramente su voz.
Me aparté inmediatamente de la puerta y regresé a mi habitación antes de que alguien pudiera verme.
Cerré la puerta.
Tenía que irme. Ahora.
Me acerqué a mi armario y saqué una mochila.
No podía llevar demasiado. Solo unas cuantas prendas. Ropa interior. Un suéter. Un par de zapatos. Documentos. Mi teléfono. Un poco de dinero.
Comenzaría de cero. Eso era lo único que quería.
Aunque tuviera que trabajar hasta quedar exhausta.
Esperé hasta pasada la una de la madrugada.
La casa finalmente quedó en silencio.
Mis padres dormían. Constanza y mi hermano también.
Tomé mi mochila y salí de la habitación.
Caminé lentamente por el pasillo.
Tenía el corazón desbocado.
Llegué a la entrada.
Tomé las llaves de mi automóvil.
Ese auto era mío. Mi padre se había negado a comprármelo cuando se lo pedí.
Abrí la puerta.
El aire frío de la madrugada golpeó mi rostro.
Miré hacia atrás.
La mansión estaba completamente a oscuras.
Nadie había salido a buscarme.
Encendí el motor.
El sonido me hizo estremecer.
Apreté el volante con ambas manos.
—Vamos, Evania.
Pisé el acelerador.
El automóvil comenzó a avanzar.
—Adiós —susurré mientras miraba por última vez aquella casa—. Adiós a todo.
Estaba huyendo para salvar la única vida que ahora dependía de mí.

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