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Matrimonio por un embarazo accidental romance Capítulo 2

POV Evania

Volví a casa con las piernas temblando.

En cuanto puse un pie dentro de la mansión, sentí que el aire se volvía pesado.

No podía mirar a nadie a los ojos.

Las empleadas me observaban en silencio. Algunas bajaban la mirada cuando yo pasaba; otras me seguían con los ojos, como si estuvieran contemplando a una desconocida.

Yo tampoco me reconocía.

Sentía que había cometido el peor error de mi vida.

Ni siquiera podía reconstruir cómo había terminado en aquella habitación con Lisandro.

Pero para todos los demás, la respuesta parecía evidente.

Yo era culpable.

Había traicionado a mi prima. Había destruido su compromiso.

Entonces escuché los gritos de mi madre.

—¡Evania!

Mi cuerpo se estremeció.

Ella apareció frente a mí con el rostro desencajado por la furia.

Nunca habíamos sido demasiado cercanas.

Desde pequeña había sentido que, para mi madre, yo siempre estaba por debajo de Constanza.

Constanza era perfecta. Digna de admiración.

Yo, en cambio, siempre parecía ser la hija que cometía errores.

Levanté lentamente la mirada.

Mis ojos estaban inundados de lágrimas.

No tuve tiempo de decir nada.

La bofetada volvió a golpear mi rostro. Sentí que la mejilla me ardía.

—¡¿Cómo pudiste?!

Mi madre gritó frente a mí.

—¡Lo planeaste todo, ¿verdad?!

—No…

Mi voz salió apenas como un susurro.

—¡Querías robarle a tu prima a su prometido porque es rico y poderoso!

Negué desesperadamente con la cabeza.

—No es así, madre.

—¡¿Qué clase de hija crie en mi casa?!

Comencé a sollozar.

—Perdóname…

—¡No quiero escuchar tus mentiras!

—Bebí demasiado…

Las lágrimas corrían por mi rostro.

—Me perdí. Ni siquiera recuerdo lo que pasó.

Mi madre volvió a levantar la mano.

Esta vez caí al suelo.

—¡Madre!

Me llevé una mano al rostro.

No podía creer que mi propia madre me hubiera golpeado así.

Pero ella no mostró compasión.

—¡Acabas de arruinar a tu pobre prima!

Su voz se volvió todavía más cruel.

—¡Constanza es una pobre huérfana a la que le ha faltado el amor de sus padres, y tú, que lo has tenido todo, haces esto!

Me quedé mirándola.

—Yo no quería…

—¡Mírate!

Señaló mi rostro con desprecio.

—¡Robando hombres ajenos! ¡Me das asco, Evania!

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

—Madre…

No respondió.

En cambio, se volvió hacia las empleadas.

—¡Enciérrenla en el sótano!

Mis ojos se abrieron de par en par.

—¿Qué?

—¡Sin luz!

Me levanté como pude.

—¡No, madre, por favor!

—No saldrás de ahí hasta que Constanza te perdone.

Sentí que el miedo me paralizaba.

—¡Por favor!

Me aferré al vestido de una de las empleadas.

—¡No me lleven ahí!

Pero nadie me escuchó.

Dos mujeres me sujetaron de los brazos.

—¡Madre, por favor!

Ella ni siquiera se volvió para mirarme.

Me arrastraron por el pasillo.

Yo conocía perfectamente aquel camino.

El sótano. Desde niña lo odiaba.

Mi madre solía castigarme allí cuando hacía alguna travesura.

Recordaba aquella oscuridad. El olor a humedad. El frío.

Siempre había tenido miedo de la oscuridad.

Y ahora iba a ser encerrada allí nuevamente.

—¡No!

Mis lágrimas aumentaron.

—¡Por favor, no me encierren ahí!

La puerta se abrió.

Me empujaron hacia dentro.

Caí de rodillas. Todavía quedaba un pequeño rastro de luz del día que entraba por debajo de la puerta.

Me aferré a ese último hilo de claridad.

—¡No!

La puerta comenzó a cerrarse.

—¡Madre!

Todo quedó oscuro. Me quedé inmóvil.

Me quedé en silencio. Una posibilidad comenzó a formarse en mi mente.

—Quizá…

Levanté la mirada.

—Quizá alguien me drogó.

Nick frunció el ceño.

—¿Qué?

—No recuerdo nada.

Las lágrimas volvieron.

—Yo no sería capaz de hacer esto.

Apreté su pierna.

—Hermano, por favor, ayúdame.

Era como cuando éramos niños.

Cuando yo tenía miedo y él era la única persona que podía hacerme sentir segura.

Nick se agachó. Por un instante pensé que iba a tocar mi cabeza. Que iba a creerme. Vi algo parecido a compasión en sus ojos.

—Yo…

La puerta se abrió de golpe.

—¡Mentirosa!

Me estremecí. Constanza entró.

Tenía el rostro lleno de lágrimas y rabia.

En sus manos llevaba algo. Mi diario.

Sentí que el corazón se me detenía.

—No…

Constanza lo lanzó frente a mí.

—¡Aquí está la verdad!

Sentí una segunda violación de mi intimidad.

—¡No tenías derecho a leer eso!

—¡¿No?!

Abrió el diario.

—¡Has deseado a Lisandro desde hace mucho tiempo!

Negué desesperadamente con la cabeza.

—¡Aquí lo dice claramente!

Su voz se quebró.

—¡Te gustaba! ¡Lo deseabas!

—Constanza…

—¡Lo planeaste todo!

—¡No!

—¡Querías romper mi compromiso!

Ella se acercó.

—¡Mentirosa!

Levantó la mano y el golpe me hizo caer al suelo.

Me llevé la mano al rostro y mi nariz sangró.

Las lágrimas aparecieron de inmediato.

Pero esta vez no sentí solamente dolor. Sentí miedo.

—Ahora vas a pagar por todo lo que me hiciste.

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