POV Evania
Volví a casa con las piernas temblando.
En cuanto puse un pie dentro de la mansión, sentí que el aire se volvía pesado.
No podía mirar a nadie a los ojos.
Las empleadas me observaban en silencio. Algunas bajaban la mirada cuando yo pasaba; otras me seguían con los ojos, como si estuvieran contemplando a una desconocida.
Yo tampoco me reconocía.
Sentía que había cometido el peor error de mi vida.
Ni siquiera podía reconstruir cómo había terminado en aquella habitación con Lisandro.
Pero para todos los demás, la respuesta parecía evidente.
Yo era culpable.
Había traicionado a mi prima. Había destruido su compromiso.
Entonces escuché los gritos de mi madre.
—¡Evania!
Mi cuerpo se estremeció.
Ella apareció frente a mí con el rostro desencajado por la furia.
Nunca habíamos sido demasiado cercanas.
Desde pequeña había sentido que, para mi madre, yo siempre estaba por debajo de Constanza.
Constanza era perfecta. Digna de admiración.
Yo, en cambio, siempre parecía ser la hija que cometía errores.
Levanté lentamente la mirada.
Mis ojos estaban inundados de lágrimas.
No tuve tiempo de decir nada.
La bofetada volvió a golpear mi rostro. Sentí que la mejilla me ardía.
—¡¿Cómo pudiste?!
Mi madre gritó frente a mí.
—¡Lo planeaste todo, ¿verdad?!
—No…
Mi voz salió apenas como un susurro.
—¡Querías robarle a tu prima a su prometido porque es rico y poderoso!
Negué desesperadamente con la cabeza.
—No es así, madre.
—¡¿Qué clase de hija crie en mi casa?!
Comencé a sollozar.
—Perdóname…
—¡No quiero escuchar tus mentiras!
—Bebí demasiado…
Las lágrimas corrían por mi rostro.
—Me perdí. Ni siquiera recuerdo lo que pasó.
Mi madre volvió a levantar la mano.
Esta vez caí al suelo.
—¡Madre!
Me llevé una mano al rostro.
No podía creer que mi propia madre me hubiera golpeado así.
Pero ella no mostró compasión.
—¡Acabas de arruinar a tu pobre prima!
Su voz se volvió todavía más cruel.
—¡Constanza es una pobre huérfana a la que le ha faltado el amor de sus padres, y tú, que lo has tenido todo, haces esto!
Me quedé mirándola.
—Yo no quería…
—¡Mírate!
Señaló mi rostro con desprecio.
—¡Robando hombres ajenos! ¡Me das asco, Evania!
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—Madre…
No respondió.
En cambio, se volvió hacia las empleadas.
—¡Enciérrenla en el sótano!
Mis ojos se abrieron de par en par.
—¿Qué?
—¡Sin luz!
Me levanté como pude.
—¡No, madre, por favor!
—No saldrás de ahí hasta que Constanza te perdone.
Sentí que el miedo me paralizaba.
—¡Por favor!
Me aferré al vestido de una de las empleadas.
—¡No me lleven ahí!
Pero nadie me escuchó.
Dos mujeres me sujetaron de los brazos.
—¡Madre, por favor!
Ella ni siquiera se volvió para mirarme.
Me arrastraron por el pasillo.
Yo conocía perfectamente aquel camino.
El sótano. Desde niña lo odiaba.
Mi madre solía castigarme allí cuando hacía alguna travesura.
Recordaba aquella oscuridad. El olor a humedad. El frío.
Siempre había tenido miedo de la oscuridad.
Y ahora iba a ser encerrada allí nuevamente.
—¡No!
Mis lágrimas aumentaron.
—¡Por favor, no me encierren ahí!
La puerta se abrió.
Me empujaron hacia dentro.
Caí de rodillas. Todavía quedaba un pequeño rastro de luz del día que entraba por debajo de la puerta.
Me aferré a ese último hilo de claridad.
—¡No!
La puerta comenzó a cerrarse.
—¡Madre!
Todo quedó oscuro. Me quedé inmóvil.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Matrimonio por un embarazo accidental