POV Evania
Conducía de prisa.
Mis manos estaban aferradas al volante con tanta fuerza que me dolían los dedos.
Apenas podía sentirlos, pero no disminuí la velocidad.
Solo quería alejarme. Quería poner la mayor distancia posible entre aquella mansión y yo antes de que alguien descubriera que había escapado.
El corazón me golpeaba con fuerza contra el pecho.
Cada kilómetro que avanzaba representaba un poco más de libertad.
Tomé la carretera estatal, intentando mantener la mirada fija en el camino.
Era de madrugada y apenas había vehículos circulando.
Las luces de mi automóvil iluminaban el asfalto oscuro mientras el resto del mundo parecía dormir.
Entonces miré por el espejo retrovisor.
Un automóvil venía detrás de mí.
Al principio no le di importancia.
Había otros vehículos en la carretera.
Era absurdo pensar que necesariamente me estaban siguiendo.
Después de todo, quizá mi miedo estaba jugando conmigo.
Quizá estaba tan alterada que comenzaba a imaginar cosas.
Respiré profundamente y seguí conduciendo.
Pero el automóvil comenzó a acercarse.
Fruncí el ceño.
—No...
Aceleré un poco. El otro vehículo también aceleró.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
Miré nuevamente por el espejo.
Ya no había duda. Venía detrás de mí.
—No, no, no...
Apreté el acelerador.
Intenté alejarme, pero el automóvil se acercó todavía más.
Entonces pasó junto a mí a gran velocidad.
Lo vi adelantarse y, unos metros más adelante, cruzarse frente a mi automóvil hasta detenerse.
—¡Dios mío!
Pisé el freno con todas mis fuerzas.
El automóvil derrapó ligeramente antes de detenerse.
Mi respiración se volvió entrecortada.
Durante unos segundos permanecí paralizada.
No quería bajar.
No quería descubrir quién estaba dentro.
Pero entonces las puertas se abrieron.
Primero descendió el chofer.
Después vi a Constanza. Mi madre. Y mi hermano.
Sentí que todo el cuerpo se me congelaba.
—No...
El miedo me atravesó como una descarga eléctrica.
No podía creerlo. Habían venido por mí.
Me habían encontrado.
Miré desesperadamente hacia atrás.
Todavía podía escapar.
Podía acelerar y marcharme.
Pero entonces observé por el espejo retrovisor.
Una camioneta acababa de detenerse detrás de mi automóvil.
Me habían bloqueado.
Estaba atrapada. Mis manos comenzaron a temblar.
—No quiero volver...
Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos.
No quería que me quitaran a mi bebé.
No quería que me obligaran a hacer algo que no quería.
Abrí lentamente la puerta.
Mis piernas apenas podían sostenerme cuando bajé.
El aire frío golpeó mi rostro.
Miré a mi madre.
Ella caminó hacia mí con una expresión que no pude reconocer.
—¡Déjame ir, madre!
Mi voz se quebró.
—Te lo suplico.
Extendí las manos.
—Juro que nunca volveré. Nunca volveré a molestarlos. Me iré lejos y no tendrán que volver a verme.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.
—Estaré muerta para ustedes si eso es lo que quieren.
Mi madre se detuvo frente a mí.
Por un instante pensé que quizá había escuchado mis palabras.

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