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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 326

Renato entró al baño. A través del cristal esmerilado ya no podía distinguir la figura de su esposa; solo se veía una espesa capa de vapor.

Frunciendo el ceño, abrió la puerta. Al ver cómo el pequeño espacio estaba cubierto por un vapor asfixiante, sintió una punzada de pánico en el pecho. En dos zancadas, se acercó y apagó la ducha. Su rostro estaba tan ensombrecido que daba miedo.

—¿Qué estás haciendo?

Magdalena no se sobresaltó por su irrupción, ni se avergonzó de estar completamente desnuda. Lo miró con los ojos vacíos y perdidos.

Al ver la gran marca roja por quemadura en la piel del pecho de ella, la mirada de Renato se tornó gélida.

A pesar del calor y el vapor que llenaban el baño, el rostro de Magdalena estaba tan blanco como el papel, sin rastro de color.

Tomó una toalla de baño, la envolvió, la cargó en brazos fuera del baño y, entre enojado y exasperado, la arrojó sobre la cama.

La cama era blanda, así que el impacto no dolió. Antes de que ella pudiera reaccionar, una sombra oscura se abalanzó sobre ella.

Él apoyó una mano a su costado, sin llegar a aplastarla, y con la otra le sujetó el mentón. Su voz, siempre distante, estaba cargada de una ira contenida:

—¿Por qué te lastimas de esta manera?

Al encontrarse con su mirada afilada, los ojos oscuros de ella recobraron el enfoque, aclarando la vista poco a poco.

En ese momento de lucidez, de repente sintió que le ardía el pecho. Instintivamente se llevó una mano a la zona dolorida, pero él la detuvo.

Los ojos de Renato estaban cubiertos por una bruma sombría.

—¿Tienes idea de las ganas que me dan de estrangularte al verte así?

—Renato —lo llamó ella por su nombre. Era la primera vez, tanto antes como después de casarse, que lo llamaba de forma tan íntima. Su voz suave y dulce sonó débil, en un murmullo bajo y ligeramente ronco.

Los ojos de Renato eran como pozos profundos, oscuros y sin fondo, y su mandíbula estaba completamente tensa.

Al escuchar el movimiento, Olga se dio la vuelta y se acercó a Magdalena con el té de jengibre. Al notar la piel quemada de la joven, exclamó espantada:

—¡Joven señora! ¿Qué... qué le pasó?

Aunque Magdalena estaba cubierta por la toalla, la mitad superior de su pecho quedaba al descubierto. La enorme marca roja sobre su piel blanca resultaba aterradora.

Renato se desabrochó los puños, se remangó la camisa y tomó el té de jengibre de las manos de Olga.

—Trae crema para quemaduras.

El botiquín de primeros auxilios estaba abajo, en la sala. Olga asintió rápidamente y salió apresurada de la habitación.

El té de jengibre todavía quemaba, así que Renato lo dejó en la mesita de noche. Fue al armario y sacó un camisón para ella.

Magdalena sostuvo el vestido de dormir, que era un poco corto, queriendo decir algo, pero al ver el rostro de disgusto del hombre, se conformó con ponérselo. Al fin y al cabo, no había nadie más en la casa.

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