—Soy yo —dijo Renato con una voz grave y fría en la oscuridad de la noche. Su tono era bajo, casi deliberadamente contenido—. Javier Huerta está borracho y fue al hotel donde se hospeda Lucía Leyva.
El sueño de Sabrina desapareció al instante. Apartó un poco el celular y, al ver el nombre en la pantalla, se aseguró de haber escuchado bien.
—Primo, ¿estás seguro?
—Puedes no creerme y seguir durmiendo. —Renato, sin ganas de dar explicaciones, cortó la llamada.
Al día siguiente, Magdalena invitó a Lucía a almorzar y fue al hotel a recogerla. Lucía salió del edificio arrastrando su maleta.
Magdalena bajó del auto.
—¿Ya encontraste otro lugar donde quedarte?
El rostro de Lucía se veía demacrado, con ojeras muy marcadas.
—Anoche Javier encontró el hotel, ya no puedo quedarme aquí.
El conductor abrió la cajuela, guardó el equipaje y ambas subieron al vehículo.
Magdalena le preguntó por los detalles de lo sucedido.
—Por lo visto, Sabrina llegó justo a tiempo.
Lucía recordó el terror de la noche anterior. Había llamado a recepción y pronto llegaron dos guardias, pero Javier, borracho y fuera de sí, era incontrolable; casi destroza la puerta. Fue Sabrina quien, a base de súplicas y persuasión, logró llevárselo.
Lucía había desarrollado un profundo pavor hacia su exesposo.
—Menos mal que ella llegó.
—No debí dejarte sola ayer en el hotel —se lamentó Magdalena, quien jamás imaginó que él seguiría acosándola—. ¿Por qué no me llamaste?
Lucía no había podido pegar un ojo en toda la noche, temiendo que Javier regresara. Sus ojos estaban inyectados en sangre.
—El Presidente Jiménez contestó.
Magdalena revisó su registro de llamadas. Efectivamente, Lucía la había llamado a las once y treinta y siete de la noche.
—Seguro estaba profundamente dormida y no lo escuché.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Casé con el que Pagó Mi Venganza