Santiago abrió los ojos como platos y apretó los dientes.
—¡Espiaste lo que escribí!
Él pasaba todo el día presumiendo sus sueños, afirmando a los cuatro vientos que se convertiría en un fotógrafo de renombre. Toda la revista lo sabía, así que, ¿de qué le serviría espiarlo?
—Claro que no te espié —se defendió, y temiendo que no le creyera, añadió—: Todo el mundo en la oficina sabe cuál es tu deseo.
Santiago sintió que había quedado un poco en ridículo y se rascó la cabeza.
—Por favor, no vayas a decirle a nadie que nos escapamos para pedir deseos. No digas ni una palabra, o no dejarán de burlarse de mí.
Con ganas de bromear, Magdalena respondió:
—Depende de mi humor.
Santiago puso cara de sufrimiento.
Empezó a soplar el viento, agitando locamente las cintas rojas en las ramas. Ella echó un vistazo al cielo; en el horizonte parecía formarse una densa y oscura niebla.
—Es una broma. Ya deberíamos volver para encontrarnos con los demás.
—¿Cuál es la prisa? Nosotros...
¡Brummm! El repentino estruendo de un trueno desgarró el horizonte, interrumpiendo bruscamente a Santiago. Ambos se miraron; en el fondo ya presentían lo que venía.
Santiago exclamó apresurado:
—¡Vámonos rápido! Hay que buscarlos.
Los dos deshicieron el camino por donde habían llegado. En cuestión de minutos, el cielo, que antes solo estaba nublado, se volvió completamente negro. Unas gotas pesadas y dispersas comenzaron a caer, y en menos de treinta segundos, se desató un aguacero torrencial e imponente.
Su ropa se empapó de inmediato. El suelo mojado se volvió tan resbaladizo que era difícil caminar con firmeza. Sumado a la fuerza de la lluvia que apenas les dejaba abrir los ojos, Magdalena estuvo a punto de caerse varias veces, salvándose solo porque Santiago logró sostenerla a tiempo.
...
En la sala de monitoreo al pie de la montaña, Renato observaba el cielo sombrío en el exterior, con el pecho lleno de una rabia latente.
El gerente Uribe ordenó a un empleado que trajera ropa seca.
—Presidente Jiménez, por favor, cámbiese de ropa.
Renato ni se inmutó. A sus pies se había formado un charco de agua. Tenía los puños cerrados con fuerza a los costados, y sus labios, de un tono pálido, estaban apretados formando una línea tensa y afilada.
El tobillo de la directora Julia le dolía muchísimo. Llevaba encima la chaqueta del gerente Uribe. Al ver que Renato no decía una palabra, se armó de valor para intentar tranquilizarlo:
—Presidente Jiménez... Con Santiago a su lado, seguramente... no les pasará nada.
El tono frío de él contenía una furia violenta:
—¡Si algo le pasa, ninguno de ustedes se librará de la culpa!
La directora Julia, el gerente Uribe y los demás dieron un salto por el repentino grito.
Había pasado una hora entera y el equipo de búsqueda no tenía noticias de Magdalena ni de Santiago. La actitud amenazante de Renato se volvía cada vez más evidente, y los músculos de su mandíbula reflejaban una tensión aterradora.

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