Magdalena no pudo evitar reírse.
—Se refiere a que les lleves a una chica de buena familia, seria y decente, como Sofía. No a una de esas mujeres con las que sales, llenas de maquillaje y que enseñan hasta lo que no.
Cuando sonreía, sus ojos oscuros brillaban con una luz especial, llenando su rostro de vida.
Lázaro la contemplaba en silencio, sabiendo que en el futuro tendría muy pocas oportunidades de ver esa sonrisa.
—Esas son las que tienen encanto, las que le ponen sabor a la vida... —Andrés se recostó perezosamente y sacó un cigarrillo de su bolsillo.
Lázaro frunció el ceño de inmediato.
—No fumes.
Andrés se detuvo con el encendedor en la mano, confundido. Miró a Lázaro, luego a Magdalena, y de pronto su rostro se iluminó al comprender.
Se quitó el cigarrillo de la boca.
—Ay, por favor. ¿No puedo fumar frente a ella? Antes, cuando salíamos, bien que fumaba. Entiendo que por fin regresaron y la cuides como a un tesoro, pero ten cuidado, o se te va a subir a las barbas y te va a traer de su tonto toda la vida.
Lázaro guardó un silencio sepulcral.
Fue entonces cuando Magdalena se dio cuenta de que Andrés no sabía absolutamente nada. Apretó los labios y lo miró fijamente.
—Nosotros no estamos juntos.
Andrés, que seguía imaginando cómo Magdalena dominaría a Lázaro en el futuro, se quedó paralizado. Pensó que había escuchado mal.
—¿Qué dijiste?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Casé con el que Pagó Mi Venganza