En el salón de banquetes, la animada fiesta de cumpleaños había perdido su encanto. Con la desaparición de Magdalena Sarmiento, a nadie le quedaban ánimos para celebrar.
Algunos querían irse, pero al recordar la advertencia que Renato Jiménez había dejado momentos antes, el miedo los mantenía clavados en su sitio.
Uno de los jóvenes de la alta sociedad, claramente molesto, se quejó:
—Su mujer desapareció y nos tiene aquí perdiendo el tiempo. Para estar haciendo nada, preferiría irme a mi casa a dormir.
Muchos estuvieron de acuerdo. Al fin y al cabo, no era un familiar suyo quien había desaparecido, y ni siquiera conocían bien a Magdalena.
Todos miraron al Alcalde Toledo, quien era el anfitrión del evento. El Alcalde, sintiéndose acorralado, intentó calmar los ánimos:
—Aún no han encontrado a la señorita Sarmiento, les pido que esperemos un poco más.
Alguien en la multitud preguntó:
—¿Y hasta qué hora se supone que debemos esperar?
El Alcalde Toledo tampoco tenía una respuesta clara:
—Todo dependerá de lo que diga el Presidente Jiménez cuando regrese.
El joven que se había quejado antes decidió marcharse. Apenas había dado dos pasos cuando una voz fría y tajante resonó en el lugar:
—Si das un solo paso fuera de este salón, tendrás que asumir todas las consecuencias.
Todos giraron la cabeza. Lázaro Guzmán estaba de pie junto a las escaleras, con una postura elegante e imponente. Tenía la mano derecha apoyada en la barandilla y la izquierda en el bolsillo del pantalón. Su rostro apuesto no reflejaba la más mínima emoción.
El joven se detuvo en seco, lo miró y luego se dirigió a los demás:
—Nadie sabe a qué hora volverá el Presidente Jiménez. ¿Acaso pretenden que nos quedemos aquí toda la noche?
Un matrimonio intervino:
—Nuestros hijos nos están esperando en casa.

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