Hacía un momento Magdalena estaba hambrienta, pero después de escuchar esas palabras, la comida le supo a cartón. Perdió por completo el apetito, apartó los cubiertos y subió de nuevo a su habitación.
Olga miró el plato a medio terminar y luego suspiró al ver la espalda de Magdalena alejarse por las escaleras, maldiciéndose internamente por haber hablado de más.
La empleada llevó la porción de Renato al estudio. Al tocar la puerta y entrar, la recibió un fuerte olor a tabaco.
Dejó la bandeja sobre el escritorio:
—Señor, como casi no comió en la cena, le preparé esto cuando le hice la comida a la joven señora.
Renato estaba sentado detrás del escritorio, sosteniendo un cigarrillo a medio consumir. Quizá por el humo, su voz sonó ronca y rasposa al hablar:
—¿Ella comió?
Olga no se atrevió a mentirle:
—Muy poco.
Los oscuros ojos de Renato no mostraron ninguna emoción, solo frunció ligeramente el ceño:
—Puedes retirarte.
Cuando Olga salió del estudio, él apagó el cigarrillo en el cenicero. Miró la comida sobre la mesa sin una pizca de apetito.
A las once y media de la noche, regresó a la habitación. Las luces seguían encendidas, pero Magdalena ya estaba acostada en la cama, respirando de manera pausada y profunda; se había quedado profundamente dormida.
Renato no sabía si reír o enfadarse. Esta mujer no tenía remedio. A él le dolía el estómago del coraje y ella estaba durmiendo plácidamente.
...
En el restaurante.
Magdalena y Lucía se encontraron con el abogado Fuentes. Era un hombre de unos cuarenta años, con el cabello perfectamente peinado hacia atrás, dejando claro que en su juventud debió ser muy apuesto.
Magdalena le extendió la mano:
—Abogado Fuentes, le agradezco mucho que se haya tomado el tiempo de venir hoy.
Él estrechó su mano con cortesía:
—Señorita Sarmiento, seré honesto. Acepté este caso únicamente por respeto a su tío, Don Carlos.

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