Renato, el Alcalde Toledo y Daniela bajaron las escaleras juntos. Al llegar al último escalón, Renato barrió el salón con la mirada, pero no vio a Magdalena por ningún lado. Frunció el ceño levemente.
Al notar que él se detenía, Daniela volteó y le preguntó.
—¿Pasa algo, señor Jiménez?
—Nada —respondió él fríamente. Bajó el último escalón y caminó directo hacia la zona de los baños, quedándose esperando afuera del de mujeres.
Las invitadas que entraban y salían no podían evitar lanzarle miradas furtivas al guapísimo hombre que esperaba pacientemente en la puerta. Todas pensaban para sus adentros qué mujer sería tan afortunada como para que su pareja la escoltara hasta el baño.
A Renato le tenían sin cuidado las miradas curiosas. Se recargó contra la pared y esperó. Sin embargo, no sabía por qué, el párpado le empezó a temblar y una inquietante sensación de ansiedad le oprimió el pecho.
Sacó un cigarrillo del bolsillo y lo encendió. Tras esperar un rato más sin que Magdalena saliera, detuvo a una de las mujeres que iba saliendo.
—Disculpe, ¿hay adentro una mujer con un vestido azul claro?
Al ser abordada por un hombre tan atractivo, la mujer se sonrojó.
—No, ya no hay nadie adentro.
Renato frunció aún más el ceño. Fue a revisar la sala de descanso y luego los jardines, pero no había rastro de ella. De regreso en el salón principal, detuvo a un mesero que pasaba.
—¿Has visto a la mujer que venía conmigo?
El mesero negó con la cabeza.
Caminó rápidamente hacia donde estaba Lázaro, quien platicaba con otros invitados.
—¿La has visto? —le preguntó sin rodeos.
Lázaro, al ver la expresión lúgubre y fría en el rostro de Renato, intuyó que algo andaba mal con Magdalena. Sintió un pinchazo en el pecho.
—No la he visto.
La ansiedad de Renato creció, aunque su rostro seguía siendo una máscara de indiferencia glacial.
Lázaro lo tomó del brazo antes de que se diera la vuelta.
—¿Qué pasó? Pensé que estaba contigo todo el tiempo.
Renato se frotó las sienes con frustración.
—Fui a hablar de unos asuntos con el Alcalde Toledo. Ella se quedó sola en la zona de descanso.
Una punzada de pánico recorrió a Lázaro y frunció el ceño.

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