Al volver al salón, Irene chocó de frente con Lázaro, quien iba a buscarla. Él extendió la mano y la sostuvo para evitar que se cayera hacia atrás. Su tono fue un poco serio.
—¿A dónde fuiste?
Irene señaló en dirección a los pasillos.
—Al baño.
Lázaro la miró de reojo. No le preguntó por qué se había tardado tanto, solo le advirtió.
—No deambules sola.
Irene miró hacia la multitud y vio a Renato junto a Magdalena. Recordando la hermosa escena del beso en el pasillo, volteó hacia el hombre a su lado y notó que él también tenía la vista fija en esa pareja impecable. No pudo evitar soltar un suspiro de admiración.
—El señor Jiménez y la señorita Sarmiento hacen una pareja hermosa.
Para su sorpresa, Lázaro no se molestó como ella temía. Simplemente respondió con voz neutra.
—¿Tú crees?
Su reacción fue tan fría que Irene lo observó un par de segundos más. La mirada del hombre ya se había apartado de la pareja, pero en su apuesto rostro se dibujaba una expresión indescifrable y ensombrecida.
...
El Alcalde Toledo necesitaba hablar de negocios con Renato. Magdalena, mientras tanto, tomó un postre y se fue a la zona de descanso. Un par de hombres se acercaron para invitarla a bailar, pero ella los rechazó cortésmente con una sonrisa. Para cuando terminó su postre, la sesión de baile había concluido.
Renato, que hace un momento estaba hablando con el Alcalde cerca de las escaleras, había desaparecido. Ella se levantó y dio una vuelta por el salón, pero no logró encontrarlo.
Justo entonces, un mesero pasó cerca y ella lo detuvo.
—Disculpa, ¿has visto al señor Jiménez?

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