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ME CONVERTÍ EN LA OBSESIÓN DEL DESPIADADO ALFA romance Capítulo 1

La habitación del Alfa se encontraba en lo más alto del palacio. Asiget permanecía de pie en medio de ese espacio, con el vestido blanco aún ceñido a su cuerpo, sintiendo cómo los latidos de su corazón se aceleraban sin poder controlarlos.

De pie frente a ella, se hallaba Aidan. El Alfa que, en su apariencia humana, poseía el pelo negro junto con unos penetrantes ojos azules. Su figura era alta, por lo que su sombra se asentaba sobre todo el cuerpo de Asiget. Tenía espalda ancha y brazos fuertes, y su piel estaba levemente bronceada por el sol.

—Ahora que eres la Luna de este Clan… mi Luna, debes darme herederos. Esta noche cumpliremos con ese deber, y continuará así hasta que concibas.

Asiget empezó a sentirse ansiosa. Sabía que aquello no nacía del deseo de Aidan, sino de una obligación que él asumía con la misma responsabilidad con la que llevaba cualquier asunto del Clan.

Aun así, eso no apagaba lo que ella sentía. A pesar de la distancia en su voz, a pesar de su frialdad, ella seguía encontrando en esa unión algo que, para sí misma, era valioso.

En ese momento, bajó la mirada y apretó el bastón que sostenía con su mano derecha.

—Yo… haré mi mejor esfuerzo para ser una Luna respetable dentro del Clan Midgar —expresó—. Nunca había imaginado que terminaría en esta posición. Era mi hermana, Somalia, quien debía ocupar este lugar. Sin embargo, no lo defraudaré, Alfa.

Durante años, era Somalia, su melliza, quien ocupaba el corazón de Aidan. Se habían enamorado desde niños. Asiget lo había visto crecer amando a otra, había guardado sus propios sentimientos. Pero ahora era ella quien estaba allí, convertida en su esposa.

Aidan la escrutó por un instante.

—Asiget… Ya no vuelvas a mencionar a Somalia, ni trates de ser como ella —declaró.

Aidan se colocó tras Asiget y desató el corsé de su vestido. Luego la giró hacia él lentamente, alzó la mano hasta su rostro y la besó. Aunque faltaba la pasión que ella deseaba, Asiget no se apartó: cerró los ojos y se dejó llevar, aferrándose al momento.

El vestido comenzó a deslizarse, liberando poco a poco su figura. Los labios de Aidan recorrieron su piel, descendiendo por su cuello y siguiendo hacia su hombro.

De pronto, la levantó entre sus brazos, el bastón cayó al suelo y la llevó hasta la cama. La depositó sobre las sábanas y volvió a inclinarse sobre ella, capturando sus labios una vez más. Tras ese beso, se apartó lo suficiente para observarla, como si intentara encontrar en su rostro a alguien más.

Asiget era hermosa, Aidan no podía negarlo. Sus rasgos delicados, su piel clara, el cabello plateado que se esparcía sobre el colchón, los ojos grises que parecían reflejar la luna… todo en ella resultaba armonioso, digno de admiración. Y, aun así, no lograba despertar nada en él.

Aidan volvió a inclinarse sobre ella y sus labios recorrieron la piel de Asiget, descendiendo con lentitud mientras sus manos exploraban su cuerpo. Sin embargo, cada caricia estaba teñida por un recuerdo distinto.

En su mente, no era Asiget quien respondía a sus besos. Era Somalia.

Los recuerdos acudían con demasiada claridad. Recordaba la forma en que había recorrido el cuerpo de Somalia, y hacía lo mismo con Asiget. Tomaba sus senos y los besaba, apretaba y succionaba con cierta fuerza, como si pudiera encontrar el alma de su amada en ellos. Sus manos descendieron por su cintura, mientras sus labios continuaban explorando, dejando tras de sí un rastro de calor.

Asiget, por su parte, se aferraba a cada instante como si fuera irrepetible. Su cuerpo reaccionaba con una sensibilidad intensa, dejándose llevar por lo que él provocaba en ella. Para ella, no había duda ni confusión: era el lobo que había amado toda su vida quien la tocaba, quien la hacía sentir de una manera que jamás había experimentado antes.

Pero Aidan no estaba realmente con ella.

Le abrió las piernas y se introdujo en ella sin mucha delicadeza, haciendo a un lado la idea de que era su primera vez, pues con Somalia el sexo era apasionado.

No le dio tiempo a prepararse, ni a acomodar la pierna, y Asiget no pudo evitar sentir un leve tirón en la cadera, secuela de un accidente que tuvo de cachorra, lo cual la dejó con cojera.

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