El corazón de Asiget se quebró en un montón de fragmentos. El lobo que amaba se estaba deshaciendo de ella sin miramientos.
—Alfa... —articuló ella entre lágrimas—. Por favor, usted me conoce, sabe que yo sería incapaz de hacer daño a un cachorro, ni a nadie. Si hace esto porque cree en lo que dijo Somalia...
Aidan la miró con frialdad.
—Aunque no hubiera ocurrido eso, habrías terminado aquí. Somalia es quien debe ser la Luna de Midgar, esa posición le pertenece.
Aquello destrozó aún más el alma de Asiget.
—Alfa... Yo... lo amaba... —expresó con la voz quebrada.
—Pero yo nunca lo hice —manifestó Aidan.
De pronto, D'Artagnan se aproximó a Asiget y la tomó del brazo.
—Esta loba ahora pertenece a nuestro Alfa, Raihan.
Los ojos de Asiget se abrieron de par en par, con el horror reflejándose en cada rasgo de su rostro. Escuchar que pertenecía a Raihan significaba una cosa: el Alfa anterior había muerto. Raihan, que era su hijo, había tomado su lugar.
Aquello hizo que se le erizara la piel. Había oído que Raihan era un lobo despiadado, que tomaba a lobas como juguetes y las destrozaba solo para entretenerse.
Con el corazón latiendo aceleradamente, giró el rostro hacia Aidan.
—¡Alfa, no puede dejarme aquí, no puede entregarme a ellos! —insistió Asiget, —¡Estoy embarazada!
Una sombra de asombro cruzó el rostro de Aidan, pero rápidamente esa expresión desapareció. Se dio la vuelta y se marchó como si no hubiera oído nada.
—¡Alfa! ¡Aidan! —gritó Asiget, mientras las lágrimas se deslizaban sin control por su rostro. Sintió que todo se oscurecía y se desmayó.
No supo cuánto tiempo había pasado cuando, de pronto, la brusca apertura de la puerta la arrancó de esa oscuridad.
Una mano la sujetó y la obligó a incorporarse. Fue D’Artagnan quien la sacó de la carroza. Aún aturdida, Asiget logró enfocar la vista, y lo primero que vio fue la imponente estructura que se alzaba frente a ella: un castillo.
D’Artagnan la condujo hacia el interior. Dentro ya los esperaban varias mujeres vestidas como enfermeras, dispuestas y preparadas como si hubieran anticipado su llegada.
D’Artagnan la empujó ligeramente hacia ellas.
—Quítenle la sangre ya —ordenó.
—¿Qué…? ¿Qué están intentando hacer? —inquirió Asiget, retrocediendo mientras levantaba las manos para apartarlas—. ¡No me toquen! ¡No se atrevan a tocarme!
Ante aquella situación, D’Artagnan la sujetó nuevamente del brazo y la forzó a caminar hacia el interior, conduciéndola hasta una habitación.
En cuestión de segundos, la ataron, asegurando sus brazos y su cuerpo para impedir cualquier movimiento brusco.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ME CONVERTÍ EN LA OBSESIÓN DEL DESPIADADO ALFA