—He pensado mucho en esto —respondió su padre desde la cama—. ¿Crees que fue una decisión sencilla? No lo fue. Pero es lo que más conviene al Clan… y también a ti.
—¡Entonces entrégale a Asiget! —soltó Aidan—. ¡Ella está soltera! ¿Por qué tiene que ser Somalia? ¿Por qué tiene que ser mi prometida?
—Lo consideré, pero sabes que la belleza de Somalia supera a la de su hermana. Además, Asiget es defectuosa, no la querrán por el problema que tiene en la pierna. Así que, ya está decidido: irá al Clan Argán para complacer al Alfa.
Aidan apretó la mandíbula, sintiendo cómo la frustración se acumulaba en su interior.
—En cuanto a ti —continuó su padre—, necesitas una Luna que se adapte a tu posición. Una loba educada, obediente, que no interfiera en tus decisiones. Alguien que te permita gobernar sin complicaciones. Y no hay mejor opción para eso que Asiget. A pesar de su defecto, tú sí que podrás con ella.
De esta forma, Asiget terminó convirtiéndose en la esposa de Aidan de una forma inesperada. No fue por voluntad propia, pero no pudo evitar sentirse feliz.
Tras la ceremonia que selló su unión, la dinámica entre ambos quedó marcada: Aidan necesitaba herederos, todos los necesarios y que pudieran portar el don.
Por ello, Aidan no podía permitirse esperar. Necesitaba que Asiget se embarazara ya. Así, la intimidad entre ellos no se trataba de un acto de amor, sino que pasó a convertirse en una práctica obligatoria.
En varias de esas noches, Aidan se acercaba a ella sin decir nada, tomaba su rostro y la besaba. No era suave, sino voraz, dejando sus labios enrojecidos y sensibles. El corazón de Asiget se aceleraba, sin poder negar lo que ese beso despertaba en ella.
A pesar del fantasma del pasado que se interponía entre ellos, Asiget deseaba esos momentos.
Una vez más, él la empujó contra la cama con brusquedad, haciendo que su cuerpo rebotara ligeramente sobre el colchón antes de quedar atrapada bajo el peso de su presencia. Sin perder tiempo, rasgó la tela de su camisón, rompiendo la túnica que la cubría. Luego descendió sobre ella, dejando que su boca recorriera su piel.
Sus labios se posaron sobre sus pechos, primero succionando, luego mordiendo con insistencia, dejando marcas en la piel sensible de sus pezones. Cada contacto arrancaba de Asiget una reacción involuntaria, arqueando la espalda, entregándose al estímulo que él provocaba. Aidan continuó descendiendo, marcando su abdomen, su cintura, dejando una estela de mordiscos y besos.
Cuando finalmente se situó entre sus piernas, inclinó la cabeza y comenzó a lamer su intimidad directamente, recorriendo la zona más sensible con su lengua en movimientos circulares. No era un acto improvisado, sino uno aprendido, repetido, algo que claramente había formado parte de su pasado con Somalia y que ahora trasladaba a Asiget. Su lengua exploraba sin pausa, concentrándose en ese punto exacto, pero también desplazándose alrededor, sin limitarse a un solo lugar.
Entre cada movimiento, dejaba besos en sus muslos, ascendiendo y descendiendo por la parte interna, rozando zonas que respondían con una sensibilidad extrema. No se enfocaba únicamente en el centro, sino que ampliaba el recorrido, abarcando cada rincón cercano, alternando entre la intensidad de su lengua y la suavidad de sus labios, creando una sensación que envolvía por completo a Asiget. Sus manos acompañaban el movimiento, sujetándola, manteniéndola en su lugar, mientras ella se dejaba llevar por aquel placer que la desbordaba.
Todo en él parecía calculado para provocar una reacción, para empujarla al límite. Asiget se perdía en cada sensación, atrapada en lo que sentía.
Después de que Asiget alcanzó el clímax, su cuerpo aún temblaba cuando Aidan se incorporó, se colocó sobre ella y volvió a besarla. Sus labios se apoderaron de los de ella, y en ese mismo impulso, la penetró de una sola embestida.
Escapó un gemido de la garganta de Asiget, mientras su cuerpo se adaptaba nuevamente a él. A partir de ese instante, Aidan comenzó a moverse con una cadencia constante, no apresurada, pero sí intensa, marcando cada avance con una fuerza que hacía que sus caderas chocaran contra las de ella, produciendo un sonido que se repetía con cada movimiento.
Aquella fricción generaba en Asiget una tensión creciente en las caderas, una sensación que se acumulaba y se expandía cada vez que él se hundía en ella. Mientras tanto, Aidan no dejaba de murmurar el mismo nombre, una y otra vez, como si necesitara convencerse de una realidad distinta.
—Soma…
Lo decía entre respiraciones, entre movimientos, como si Asiget no estuviera allí, como si su mente insistiera en reemplazarla por la mujer que realmente deseaba. De pronto, se retiró de su interior, provocando una sensación abrupta de vacío, y en un solo movimiento la giró, obligándola a colocarse boca abajo. Elevó sus caderas y volvió a penetrarla desde esa nueva posición.
Al apoyar el peso, la cadera protestó en silencio. Asiget ajustó la posición, buscando ese punto donde el dolor no avanzara. Pero la molestia se mantuvo ahí, constante, llevándola a tensar ligeramente los músculos para sostenerse mejor.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ME CONVERTÍ EN LA OBSESIÓN DEL DESPIADADO ALFA