—Mauricio vino a advertirme que contrataste a Zulema para tendernos una trampa a él y a mí —Emilia lo miraba a él, pero sus palabras iban dirigidas a Orfeo, con un tono que incluso escondía una leve sonrisa—. Dice que te estás vengando, y que de seguro me botarás en cuanto te aburras de jugar conmigo.
Orfeo levantó una ceja y bajó la mirada hacia ella. —¿Ah, sí? ¿Y tú qué opinas?
—Aún no le he dicho nada, pero ahora, frente a ti, quiero darte las gracias —respondió ella con calma—. Gracias por ayudarme a ver la clase de basura que tenía a mi alrededor.
A Mauricio le ardió la cara, como si le hubieran dado una bofetada en público.
Emilia volvió a clavarle esa mirada fría e indiferente. —Y en cuanto a por qué sigo aquí, es solo porque vine a recoger mis cosas. Me mudo para vivir con mi esposo. Firmamos el acta de matrimonio esta misma mañana.
Esa frase destrozó por completo la última ilusión que le quedaba a Mauricio.
—¿Te preguntas por qué? —Emilia sonrió—. ¿Acaso crees que alguien como yo no es digna de estar con Orfeo? ¿Y mucho menos de llegar al matrimonio? ¿Pensabas que mi vida iba a estar tan podrida y miserable como la tuya?
Mauricio abrió la boca, pero tenía la garganta tan seca que no pudo emitir sonido alguno.
Emilia borró su sonrisa burlona. —Fue gracias a Orfeo que me di cuenta de lo increíble que soy. Merezco plenamente una vida perfecta y a un compañero perfecto. En cambio, tú eres el que no merece tener nada.
Sin dirigirle otra mirada, dio media vuelta y entró. El borde de su camisa blanca rozó ligeramente sus piernas antes de desaparecer entre las sombras de la casa.
Afuera, solo quedaron Mauricio y Orfeo.
Orfeo se apoyó en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, observándolo desde arriba con aires de superioridad.
—Mauricio —comenzó a decir, con una voz tan suave que parecía estar charlando con un viejo amigo—. Esta es la última vez que te permito usar esa boca para decirle estas tonterías aburridas a mi esposa.
A Mauricio le flaqueaban las piernas, pero se obligó a mantenerse en su sitio sin retroceder.
—Si vuelvo a enterarme de que te apareces en el mismo lugar que ella —Orfeo soltó una risita, manteniendo ese tono amable—, ten cuidado; no vaya a ser que un día salgas a la calle y te atropellen.
Hizo una pausa y clavó la mirada en el rostro pálido del otro hombre.
—Y si por casualidad no te mueres, pero te quedas paralítico y sin piernas, el precio a pagar sería demasiado alto.
Los labios de Mauricio temblaron; era evidente que Orfeo no estaba bromeando.
Orfeo se enderezó y dio un paso adelante, acercándose tanto que Mauricio pudo percibir en él ese sutil perfume que pertenecía a Emilia. —Si no te largas ahora mismo, te mato aquí.
Casi por instinto, Mauricio retrocedió un paso.

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