Todos se giraron instintivamente hacia el origen de la voz. Fiona siguió sus miradas y vio una figura familiar que se abría paso entre la gente. Un hombre con un traje negro impecable, cuyo rostro atractivo no mostraba más emoción que una fría indiferencia, avanzaba con un aura tan imponente que la multitud se apartó para dejarlo pasar.
La mano de Fiona, que sostenía la pluma, se detuvo por un instante. Jamás habría imaginado que Samuel aparecería.
Ofelia, que lo seguía de cerca, se acercó al escritorio.
—¡Es cierto! En la clínica hay cámaras. ¡Solo tenemos que revisar la grabación! —exclamó, secundando a Samuel y mirando a Fiona.
Fiona apartó la vista de Samuel y la fijó en Yamil.
—Ese día, tanto el doctor Guzmán como yo te repetimos varias veces que no comieras mariscos. Tu estado actual se debe precisamente a eso, y por la gravedad, debiste haber comido una cantidad considerable...
—¿Qué insinúas? —la interrumpió la anciana, con el rostro ensombrecido—. ¿Estás diciendo que mi hijo comió mariscos a propósito?
El comentario de la mujer provocó un murmullo de sorpresa entre los presentes.
—¡Mamá, no digas tonterías! —la cortó Yamil, con una frialdad alarmante en la mirada.
—No sé si fue a propósito —continuó Fiona, sus ojos despidiendo un brillo gélido—. Lo que sí sé es que comió una gran cantidad de mariscos después de mi advertencia, lo que hace que la probabilidad de que haya sido ‘intencional’ sea muy alta.
Samuel se acercó al escritorio, apoyó una mano en el borde y posó la otra sobre el hombro de Yamil. Inclinándose hacia él, le preguntó en voz baja:
—¿Viniste a armar un escándalo a propósito?
—¡No! Yo no hice nada... tal vez no lo recordaba... —Yamil parecía reconocer al hombre que tenía enfrente; un atisbo de miedo cruzó su mirada.

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