—No se preocupe —dijo Abraham, tomando las llaves—. Vayan con cuidado.
...
Mientras tanto, en la clínica.
Fiona insertó las agujas con precisión en puntos clave: entre la nariz y el labio, en las piernas, en las muñecas. Estimuló los puntos girando las agujas y luego realizó una pequeña punción para liberar la presión. No era la primera vez que trataba a un paciente en shock por una reacción alérgica. Años atrás, su abuelo había sufrido un episodio similar, incluso más grave que el de Yamil. Ella y su colega, Orlando Ramos, lo habían salvado utilizando esa misma técnica.
Afuera, Thiago intentaba dispersar a la multitud.
—A los que no vienen a consulta, les pido por favor que se retiren. No bloqueen la entrada, ¡podría ocurrir un accidente!
Gracias a su intervención, algunas personas se marcharon, pero un grupo de curiosos, en su mayoría ancianos, permanecía allí, cuchicheando.
Después de un tratamiento intenso, Yamil finalmente despertó. Cuando abrió los ojos, Fiona sintió que un peso enorme se le quitaba de encima.
Al abrir la puerta de la sala de tratamiento, la anciana entró a toda prisa. Los otros hombres ayudaron a Yamil a sentarse frente al escritorio de Fiona. Ella se disponía a recetarle algo más, pero la anciana la detuvo en seco.
—¡Mi hijo se puso así por tomar sus porquerías y todavía se atreve a recetarle más! ¿Está loca o qué? —la mujer estaba alterada, su rostro era una máscara de furia.
—Su condición actual requiere medicación para una recuperación completa. El tratamiento que le apliqué solo estabilizó su estado de emergencia.
—¿Y cómo explica que se desmayara? —la anciana se paró junto a Yamil y gritó, dirigiéndose a los presentes—. No solo no lo curaron, sino que casi lo matan. ¡Díganme ustedes si no es porque esta señorita Santana es una incompetente!

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera