La puerta estaba entreabierta, así que Lucas la empujó.
No esperaba encontrarse con una escena que casi le detiene el corazón. Samuel pisaba a Esteban como si fuera un cadáver, aplicando cada vez más presión, casi aplastándolo.
La irrupción de Lucas trajo a Samuel de vuelta a la realidad, aunque su voz seguía cargada de odio:
—Un tipo como este merece morir mil veces.
—Señor Flores, lo urgente es llevar a la señora al hospital. Ya llamé a la policía, están por llegar.
Samuel envolvió a Fiona en una toalla grande y la cargó en brazos. Solo entonces sintió que el corazón le bajaba de la garganta.
Salió de allí a paso veloz. Lucas lo siguió de inmediato.
Lo que Lucas nunca imaginó fue que su comentario haría que Esteban, quien yacía semiinconsciente en el suelo, recuperara la lucidez de golpe.
Para cuando Samuel bajó las escaleras y metió a Fiona en el coche, las patrullas apenas iban llegando a la Villa San Telmo.
Los oficiales subieron corriendo. El que iba al mando pateó la puerta y gritó:
—¡Quieto todo el mundo!
Los policías, con las armas desenfundadas, notaron que algo andaba mal. Había un fuerte olor a alcohol, pero más intenso aún era el olor a sangre.
Sin embargo, no había nadie.
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