En teoría sonaba fácil, pero Fiona no podía borrar de su mente el tono con el que Inés le había hablado ese día; estaba cargado de una advertencia letal.
Sentía que todo este asunto era mucho más oscuro de lo que Samuel creía. No sería algo sencillo de arreglar.
La preocupación era evidente en la voz de Fiona: —Siento que esto no es tan simple. No sabes cómo me habló hoy, fue una amenaza directa, sin filtros, y se notaba que iba muy en serio.
¿Cómo podía ser tan sencillo?
Además, Inés era la hija legítima del señor comisario. Venía de una familia con un peso abrumador, un linaje que no tenía nada que envidiarle al de los Flores.
No es que no confiara en Samuel, pero la arrogancia y el respaldo de Inés eran imposibles de ignorar.
—¿Ah, sí? ¿Así que se atrevió a amenazarte? —A Samuel le resultaba cada vez más interesante la audacia de Inés; el hielo en su mirada se hizo más profundo—. Parece que esta mujer no es ninguna improvisada. Admito que la subestimé.
Aquella fachada de víctima desconsolada que montó en la boda no fue más que un teatro para ganarse la lástima de todos.
La verdad era que debía de tener cada movimiento fríamente calculado desde el principio.
Solo que nadie había prestado atención a su existencia.
Al notar la frialdad en los ojos de su esposo, Fiona parpadeó rápidamente: —¿Qué piensas hacer?
—Nada por ahora. Tú haz lo que te dije, iremos viendo cómo se desarrollan las cosas —Samuel no tuvo más remedio que optar por esa vía.
No le quedaba otra opción. Por el momento, el tablero jugaba en su contra.
Si Inés se había atrevido a llegar tan lejos, él no podía adivinar cuál sería su próximo movimiento, así que lo mejor era no adelantarse.
Por otro lado, en la Mansión Luján.

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