—Iremos. Tengo que ir —Fiona bajó la mirada, y un destello gélido cruzó sus ojos—. Mandó la invitación hasta la puerta de mi casa, ¿cómo podría faltar?
Incluso si decidía no asistir, el resentimiento de Valeria hacia ella no desaparecería por arte de magia.
Era mejor presentarse y ver de primera mano qué clase de teatro estaba montando.
Samuel, por su parte, aclaró un detalle: —No fue ella quien la trajo, fue el mayordomo de los Luján en persona, y nos dejó claro que nuestra presencia es obligatoria.
Que el mismísimo mayordomo de la familia se encargara de las invitaciones indicaba que era una orden directa de Andrés.
No era el tipo de evento al que pudieran faltar solo porque no tenían ganas.
No asistir sería una bofetada pública al ego de Andrés Luján, el equivalente a declararle la guerra abierta a toda su familia.
Aunque Samuel había tenido sus roces con Andrés en el pasado, las apariencias en la alta sociedad de Santa Matilde debían mantenerse.
Y, francamente, en ese momento no tenía ganas de sumar otro enemigo poderoso a su lista.
—Con mayor razón —Fiona ya lo veía venir—. Desde el segundo en que recibimos esta tarjeta, perdimos la opción de negarnos.
Aunque detestara la idea, tenía que dar la cara.
No había alternativa.
Al ver su resignación, los ojos de Samuel se llenaron de ternura: —Mi amor, no te preocupes. Iré contigo, no permitiré que nadie te haga pasar un mal rato.
—Si esa mujer se atreve a mirarte feo, no me importará destruir cualquier relación cordial que me quede con Andrés.
Ella era el amor de su vida, el mayor tesoro de Samuel Flores.
No iba a quedarse de brazos cruzados viendo cómo Valeria intentaba pisotearla en su propia fiesta.
Fiona esbozó una sonrisa dulce y comprensiva: —Samuel, sé que me proteges, pero esta jugada de Valeria va dirigida exclusivamente a mí. No quiero que te ganes enemigos por mi culpa.
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