Quizás ese era el aplomo que te daba un buen matrimonio.
O, mejor dicho, el poder que te otorgaba ser la esposa de Samuel Flores.
Samuel, llevando a su esposa orgullosamente del brazo, cruzó las puertas de la Mansión Luján.
El lugar estaba a reventar de gente importante. Bajo la luz hipnótica de las inmensas lámparas de cristal, Valeria, enfundada en un llamativo vestido rosa, brillaba siendo el centro de atención.
A su lado, Andrés la sostenía posesivamente por la cintura, charlando animadamente con los magnates invitados.
El murmullo de la sala se apagó lentamente cuando Samuel y Fiona hicieron su entrada. Todas las cabezas se giraron hacia ellos por inercia.
No era ningún secreto: Valeria había sido la prometida de Samuel en el pasado, y Andrés había cruzado la línea varias veces atacando a Fiona para defender a Valeria. El drama había alimentado las habladurías de la élite durante meses.
Cualquiera que conociera la historia estaba pendiente de ellos.
Ahora que los viejos rivales se veían las caras, la tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo.
—Señor Luján, cuánto tiempo sin vernos.
Fiona tomó la iniciativa de saludar a Andrés, para luego dirigir su mirada hacia Valeria y añadir con una sonrisa perfecta: —Escuché que pronto anunciarán su compromiso. Mis más sinceras felicitaciones a ambos.
Valeria, al ver la cercanía y la complicidad entre Fiona y Samuel, sintió que el odio le quemaba las entrañas. Sin embargo, mantuvo su falsa sonrisa de anfitriona: —Oh, señorita Santana, ¿qué cosas dice?
—De hecho, creo que le debo un agradecimiento. Si no hubiera sido por su... peculiar "ayuda", mi relación con Andrés jamás habría avanzado tan rápido.
Si Fiona no la hubiera acorralado hasta casi destruir su carrera artística, ella jamás habría renunciado a Samuel para correr a refugiarse en los brazos de Andrés.
Y todo eso solo había logrado alejarla más y más del hombre que realmente deseaba.
Fiona ignoró por completo el veneno en sus palabras y mantuvo la sonrisa: —Vaya, ¿entonces resulta que fui su cupido? Cuando llegue el día de la boda, no olviden invitar a su casamentera a brindar con ustedes.
Una regla no escrita de la sociedad:

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