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Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera romance Capítulo 1128

Era evidente que Valeria había sido la primera en perder los estribos y burlarse de ella, ¿cómo era posible que ahora todo se volviera en su contra y todos la culparan a ella?

Samuel frunció el ceño y le advirtió con frialdad: —Valeria, hoy no te lo tendré en cuenta por respeto al señor Luján, pero no abuses de tu suerte.

¿Atreverse a hablar mal de su esposa en su propia cara? ¿Acaso creía que Samuel Flores estaba pintado en la pared y que no tenía carácter?

—Andrés, mira cómo me tratan... —Los ojos de Valeria se llenaron rápidamente de lágrimas, adoptando una expresión tan desolada que rompía el corazón.

Samuel soltó un bufido frío, sintiendo un profundo desprecio por su actuación de víctima inocente.

Incluso dedicarle una mirada extra le parecía una pérdida de tiempo.

En cambio, Andrés Luján cayó redondito en su trampa y no dejó de consolarla: —Valeria, no tengas miedo, yo estoy aquí para defenderte.

—Déjalo así, hoy es mi cumpleaños y no quiero arruinar el ambiente por un detalle sin importancia.

Valeria apoyó su rostro contra el fuerte pecho de Andrés, escuchando los latidos de su corazón, luciendo inocente y sumamente comprensiva: —Por favor, que todos sigan disfrutando, no le den importancia a esto.

Con esas palabras, gran parte de los curiosos comenzaron a dispersarse.

La multitud que se había reunido para ver el escándalo se disolvió lentamente gracias a sus palabras diplomáticas.

Todo esto no pasó desapercibido para Andrés.

Sintió que no se había equivocado con ella; esta era verdaderamente la mujer con la que deseaba casarse.

Una mujer que sabía comportarse a la altura de las circunstancias, que no armaba un escándalo por pequeñeces ni lo dejaba en ridículo. No era como esas otras mujeres que solo pensaban en desahogar sus emociones sin importarles la reputación de él.

Una mujer así valía la pena.

Se sentía afortunado de haber conseguido a la mujer que siempre había deseado.

Valeria notó la admiración en los ojos de él y, de manera disimulada, curvó los labios, dejando entrever un destello de triunfo en su mirada.

Definitivamente, mostrarse comprensiva y elegante era el mejor remedio para manejar a los hombres.

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