—¿Acaso no te da miedo que le hagamos algo a tu hijo? —advirtió Inés con frialdad—. ¡Pedro es tu sangre! ¿No puedes liberar a Esteban por él?
No podía creer que, teniendo a Pedro de rehén, Fiona no se inmutara ni un poco.
Pero la respuesta de Fiona siguió siendo la misma: —No.
Al escuchar eso, no solo Inés, sino hasta Gisela cambió de expresión. Su tono se volvió frenético: —¡Fiona, Pedro es tu hijo biológico! ¿Eres capaz de abandonarlo a su suerte? ¿Acaso no tienes corazón?
¡Ver a su hijo en peligro y no hacer nada! ¡Era indigna de ser madre!
Si Pedro se quedaba con ella en el futuro, ¿qué clase de vida le esperaba?
¡Terminaría convirtiéndolo en un monstruo frío y sin sentimientos!
—¡Y Pedro es tu propio nieto! —le replicó Fiona con calma—. ¿Y acaso no lo secuestraste para usarlo como moneda de cambio conmigo? ¿Tú puedes hacer lo que quieras y yo no?
Simplemente le estaba dando a probar de su propia medicina.
¿Por qué se alteraba tanto? ¿Acaso porque le tocó sus intereses y no supo cómo reaccionar?
Samuel tampoco esperaba que Fiona usara esa táctica, pero contra personas como Inés y Gisela, realmente era el golpe maestro.
Ellas creían que su mayor carta a favor era Pedro, pero eso dependía de que Fiona estuviera dispuesta a arriesgarlo todo por el niño.
Pero, ¿y si no lo estaba? ¿Acaso la amenaza no se desvanecía por sí sola?
Gisela se exaltó aún más: —¡A mí no me quedó de otra! ¡Fue mi última opción! ¿Acaso puedes compararte conmigo? Yo soy capaz de sacrificarlo todo por mi hijo, ¿tú puedes decir lo mismo?
—¡Eres una mujer despiadada que abandona a su propio hijo! ¿Te queda algo de humanidad?

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera