Samuel Flores recibió el documento de manos de Abraham Reyes y, tras confirmar que todo estaba en orden, firmó en la esquina inferior derecha.
Le devolvió la carpeta y preguntó directamente:
—¿Qué averiguaste sobre el accidente? ¿Descubriste la verdad?
—Señor Flores, estuve investigando —respondió Abraham—. El auto negro que embistió a su esposa pertenecía a un expolicía, pero él lo vendió hace mucho tiempo.
Abraham hizo una pausa antes de continuar:
—Lo extraño es que ese vehículo, que se suponía debía estar en un depósito de chatarra, apareció de repente en esa intersección y llevaba estacionado ahí un buen rato.
Al revisar las grabaciones de seguridad, Abraham también sintió que había algo muy turbio en ese accidente. Sin embargo, no pudo encontrar más pistas; lo poco que él había descubierto, la policía también lo sabía.
Pero eso no era lo que Samuel quería escuchar.
—No te pedí que investigaras el auto —lo interrumpió con frialdad—. Te pedí que averiguaras quién lo conducía. ¿Descubriste quién fue?
Poco le importaba el origen del vehículo o su dueño anterior. Lo único que le interesaba era la identidad de la persona detrás del volante. Esa era la clave de todo.
—Sí, lo averigüé. Es un hombre de mediana edad llamado Waldo Valenzuela —explicó Abraham—. Waldo fue despedido recientemente de su trabajo y la empresa lo demandó por robo. Apenas ayer salió en libertad de la prisión del este de la ciudad.
La mecánica del accidente no era compleja, pero ¿cómo era posible que un hombre recién salido de la cárcel conociera a Fiona? A Abraham le parecía algo completamente ilógico.
Al escuchar esto, Samuel frunció el ceño. Su tono se volvió impaciente.
—Sigue investigando. ¡Quiero que encuentres al verdadero autor intelectual de este atentado!
—Entendido.
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